PARTE 2: EL SOBRE QUE NUNCA DEBIÓ LLEGAR A LA UCI

No corrí hacia la habitación de Clara.

Eso era exactamente lo que cualquiera que estuviera vigilándome esperaba que hiciera.

Llamé al jefe de seguridad.

—Cierra la planta.

—¿A quién dejamos salir?

Miré al cirujano al otro extremo del pasillo.

—A nadie.

Treinta segundos después, las puertas de los ascensores quedaron bloqueadas.

Dos hombres se colocaron frente a la UCI.

El padre de Clara dio un paso hacia mí.

—No puedes secuestrarnos en un hospital.

—No necesito hacerlo.

Las puertas del ascensor volvieron a abrirse.

Entraron dos detectives acompañados por seguridad hospitalaria.

—Solo necesito que nadie destruya pruebas.

La sonrisa desapareció definitivamente de su rostro.

Fui hacia el traumatólogo.

—Doctor.

Se volvió.

—¿Sí?

Le mostré la fotografía.

Su expresión cambió.

—Quiero saber qué había en ese sobre.

—Señor, está interpretando mal—

—Entonces explíquelo a la policía.

El médico miró hacia los hermanos de Clara.

Y comprendí que tenía miedo.

—Dinero —susurró.

—¿Para qué?

—No para hacerle daño.

—¿Entonces?

Tragó saliva.

—Para cambiar sus registros.

Sentí frío.

—¿Qué registros?

—Los del embarazo.

Lo agarré del brazo antes de recordar dónde estaba.

—Mi hijo murió esta noche.

—Adrian, escúcheme. Cuando ingresó, el feto ya no tenía actividad cardíaca. Eso es real.

Me obligué a soltarlo.

—Entonces ¿qué querían cambiar?

El médico bajó la voz.

—La edad gestacional.

No entendí.

—¿Por qué?

—Porque su esposa estaba más avanzada de lo que figura en el expediente privado que su familia nos presentó.

El padre de Clara gritó desde el pasillo:

—¡No digas una palabra más!

El médico palideció.

Aquello fue suficiente.

—Continúe —dije.

—Necesitamos recuperar los análisis originales.

Mi equipo localizó al obstetra de Clara.

Luego al laboratorio.

Y finalmente una clínica privada donde mi esposa había recibido tratamiento antes de contarme que estaba embarazada.

A las tres de la madrugada llegó el primer informe.

Clara no tenía dieciocho semanas.

Tenía casi veintidós.

Pero aquello no era lo peor.

Había otro resultado.

Una prueba genética prenatal.

Yo jamás había autorizado ninguna.

—¿Quién la pidió?

Mi jefe de seguridad deslizó el documento hacia mí.

Solicitante:

EDWARD VALE.

El padre de Clara.

—¿Qué buscaba?

—Paternidad.

Lo miré.

—¿Mía?

—Eso parece.

El resultado indicaba compatibilidad.

Yo era el padre.

Pero había una segunda comparación.

—¿Con quién?

Mi hombre dudó.

—Con uno de los hermanos de Clara.

Sentí náuseas.

—¿Por qué demonios compararían a mi hijo con su tío?

La respuesta estaba en la siguiente página.

No buscaban paternidad.

Buscaban parentesco hereditario.

El feto compartía un marcador genético extraordinariamente raro con uno de los hermanos.

Y conmigo.

Levanté lentamente la cabeza.

—Eso no tiene sentido.

—A menos que exista una relación biológica entre usted y los Vale.

Miré a los nueve hombres del otro lado del cristal.

Durante seis años habían odiado nuestro matrimonio.

Yo siempre había supuesto que era porque no podían controlarme.

Quizá había otra razón.

Entonces Clara despertó.

Entré solo.

Sus ojos tardaron unos segundos en enfocarme.

—Adrian…

Le tomé la mano.

—Estoy aquí.

Ella tocó instintivamente su vientre.

No tuve que decirlo.

Lo entendió por mi cara.

Las lágrimas comenzaron a correr.

Me incliné y lloré con ella.

Durante un rato no existieron empresas.

Ni poder.

Ni venganza.

Solo nuestro hijo.

Finalmente Clara susurró:

—Mi padre sabía.

Me aparté.

—¿Qué sabía?

—Que estaba embarazada antes que tú.

—¿Cómo?

—Entró en mi correo médico.

Respiró con dificultad.

—Cuando vio tu nombre como padre, se volvió loco.

—¿Por qué?

Clara cerró los ojos.

—Dijo que nuestro bebé nunca podía nacer.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Te explicó por qué?

—Solo dijo que tú no eras quien creías ser.

La puerta se abrió.

Mi jefe de seguridad entró con un sobre transparente de evidencia.

—Encontramos esto en el coche de Edward.

Dentro había una fotografía antigua.

Dos mujeres sostenían dos recién nacidos.

Reconocí a mi madre.

La otra era la madre de Clara.

En el reverso aparecía una fecha.

La fecha de mi nacimiento.

Debajo:

“BEBÉ A — ADRIAN.”

“BEBÉ B — SAMUEL.”

Samuel.

El hermano mayor de Clara.

El mismo hombre cuyo marcador genético aparecía relacionado con el de nuestro hijo.

—No —dijo Clara.

Mi teléfono sonó.

Era mi madre.

No hablábamos desde hacía casi ocho años.

Contesté.

—Adrian, sal de ese hospital.

—¿Qué sabes sobre Samuel Vale?

Silencio.

—Mamá.

Su respiración cambió.

—¿Quién te enseñó ese nombre?

—Tengo una fotografía de mi nacimiento.

Ella comenzó a llorar.

—Tu padre me obligó.

—¿A hacer qué?

—A entregar al otro bebé.

Miré a Clara.

—¿Qué otro bebé?

—Tu hermano gemelo.

El pasillo pareció inclinarse.

—Samuel.

—Sí.

Clara se cubrió la boca.

Eso convertía a Samuel en mi hermano.

No en el suyo.

—Entonces Clara y yo no somos familia.

—No.

Sentí un alivio brutal.

Pero duró segundos.

—¿Cómo terminó Samuel con los Vale?

—Porque Edward lo compró.

Mi madre pronunció aquellas palabras casi sin voz.

—¿Por qué?

—Porque tu padre le debía algo.

Antes de poder preguntar más, mi jefe de seguridad recibió otro informe.

Su expresión se volvió sombría.

—Adrian, encontramos el contenido original del sobre que entregaron al médico.

No era solamente dinero.

Había instrucciones.

“Modificar edad gestacional.”

“Eliminar estudio genético.”

“Preparar traslado de paciente antes de las 05:00.”

—¿Traslado adónde?

—A una clínica propiedad de Vale Medical.

Miré el reloj.

Las cuatro y diecisiete.

Entonces Clara apretó mi mano.

—Adrian…

—¿Qué?

—Antes de atacarme, mi padre dijo algo.

Me acerqué.

—Dijo que había esperado treinta y ocho años para corregir el error de tu nacimiento.

Yo tenía treinta y ocho.

La puerta se abrió violentamente.

Uno de mis hombres entró.

—Edward desapareció.

—¿Cómo?

—Nunca estuvo entre los detenidos.

Miré hacia el pasillo.

El hombre al que había estado observando durante horas llevaba el mismo abrigo.

La misma altura.

El mismo cabello gris.

Pero cuando seguridad le quitó las gafas, comprendimos que no era Edward Vale.

Era uno de sus empleados.

Mi teléfono vibró.

Mensaje desconocido.

Una fotografía apareció en pantalla.

Edward estaba sentado dentro de un avión privado.

A su lado había un hombre que reconocí de inmediato.

Mi padre.

Muerto oficialmente hacía veintisiete años.

Debajo había seis palabras:

“PROTOCOLO NEGRO FUE CREADO POR NOSOTROS.”

Sentí que se detenía el tiempo.

Yo había enviado aquella orden creyendo que estaba utilizando el sistema secreto que había construido para proteger a Clara.

Pero el siguiente mensaje convirtió mi poder en una trampa.

“Gracias por activarlo, hijo.”

Y entonces, uno tras otro, los nueve teléfonos que habían sonado por mi orden comenzaron a sonar nuevamente.

Solo que esta vez las órdenes ya no venían de mí.

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