PART 2 — LA MUJER QUE REGRESÓ DEL PASADO

Miré a mi antiguo conocido por encima del pescado.

—¿Julian sabe dónde estoy?

No respondió enseguida. Ese silencio fue suficiente.

—Me pidió que te encontrara —admitió—. Dice que necesita hablar contigo.

Dejé el cuchillo sobre la tabla.

—Entonces dile que no tengo nada que escuchar.

—No vino para pedirte que vuelvas.

Solté una risa seca.

—¿Y eso debería hacerme sentir mejor?

Mi madre se acercó desde el puesto de verduras. Mi padre tomó los aros de la silla con fuerza, atento a cada palabra.

El hombre bajó la voz.

—La policía reabrió la investigación del incendio. Hay nuevos testimonios. Julian quiere que declares.

El aire frío del puerto me pareció de pronto demasiado pesado.

—¿Qué testimonios?

Antes de que respondiera, una mujer apareció al otro lado del mercado. Llevaba un abrigo oscuro y el cabello recogido. Tardé unos segundos en reconocerla.

Celeste Gu.

No tenía el aspecto frágil que los periódicos solían describir. Parecía cansada, más adulta, y sostenía una carpeta contra el pecho.

Mi padre intentó incorporarse.

—¿Qué hace ella aquí?

Celeste se detuvo a unos pasos de mí.

—No espero que me perdones —dijo—. Solo necesito contarte lo que Julian hizo después de irse de la isla.

—Ya sé lo que hizo. Dejó a mis padres en un almacén en llamas.

—No sabía que estaba ardiendo cuando se marchó —respondió—. Pero cuando se enteró, no llamó a emergencias. Llamó a su abogado.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

Celeste abrió la carpeta y me mostró una copia de un mensaje enviado aquella noche. Julian ordenaba a su jefe de seguridad que borrara los registros de entrada del almacén y que nadie mencionara que mis padres habían estado allí.

No era una disculpa. Era otra prueba de que había intentado protegerse.

—Guardé esto durante tres años —dijo Celeste—. Fui cobarde. Pensé que desaparecer era suficiente.

Miré a mis padres. Habíamos sobrevivido al incendio, a las lesiones y al exilio. Pero Julian aún podía obligarnos a revivirlo todo.

—¿Dónde está ahora? —pregunté.

Celeste bajó la mirada.

—En el puerto. Su barco acaba de atracar.

Y entonces escuché mi nombre detrás de mí.

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