PARTE 2: EL HOMBRE QUE MI ABUELO DEJÓ ESPERANDO

El hombre que salió del estudio tendría unos sesenta años.

Traje gris.

Maletín de cuero.

Y una expresión tan tranquila que contrastaba con el terror repentino de mi madre.

—Buenos días, Laura.

Mamá retrocedió.

—¿Qué haces aquí?

El desconocido me miró.

—Elena, soy Julián Mendoza. Fui abogado de tu abuelo durante treinta y dos años.

Mi padre dejó de dar instrucciones a los trabajadores.

—Ernesto murió. Cualquier asunto legal puede esperar.

Julián negó.

—Precisamente este asunto tenía que esperar hasta que ustedes estuvieran dentro de la casa.

Sacó una pequeña grabadora.

Mi madre palideció aún más.

—¿Nos estabas grabando?

—Con autorización del propietario.

Roberto soltó una carcajada.

—El propietario está muerto.

Julián me miró.

—No.

El silencio cayó de golpe.

Abrió su maletín y sacó varios documentos.

—Esta casa dejó de pertenecer a Ernesto hace cuatro años.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Entonces de quién es?

Julián me entregó la escritura.

Mi nombre aparecía allí.

Elena Vargas.

Me temblaron las manos.

Camila bajó lentamente las escaleras.

—Eso no puede ser.

—También los dos locales comerciales pertenecen a Elena —continuó Julián—. Su abuelo transfirió todo legalmente antes de enfermar.

Mi madre explotó.

—¡Soy su hija!

—Una hija que no habló con él durante diecisiete años.

Laura señaló hacia mí.

—¡Ella lo manipuló!

Julián abrió otra carpeta.

—Ernesto esperaba que dijeras exactamente eso.

Dentro había evaluaciones médicas que confirmaban que mi abuelo estaba plenamente capacitado cuando realizó las transferencias.

Pero todavía quedaba un sobre.

Mi nombre estaba escrito con su letra.

Lo abrí.

Elena: si están leyendo esto, significa que volvieron por lo que creen que les pertenece. Ahora pregúntales por qué te dejaron conmigo.

Levanté la vista.

—¿Por qué me abandonaron?

Mi padre miró hacia otro lado.

Mamá permaneció callada.

Julián sacó entonces un documento amarillento.

Era un contrato fechado diecisiete años atrás.

Había una cantidad escrita junto a los nombres de mis padres.

Doscientos cincuenta mil pesos.

—¿Qué es esto?

Julián respiró profundamente.

—El dinero que Ernesto les entregó cuando te dejaron aquí.

Sentí náuseas.

—¿Mi abuelo me compró?

—No.

Su voz se endureció.

—Pagó una deuda que tus padres tenían con personas peligrosas. A cambio, ellos firmaron que renunciaban a reclamar el dinero destinado a tu manutención y prometieron no volver hasta que fueras adulta.

Mi madre apretó los puños.

—Necesitábamos sobrevivir.

—¿Y Camila? —pregunté.

Nadie respondió.

Entonces comprendí algo.

Camila tenía diecinueve años.

Dos menos que yo.

Mis padres no habían desaparecido para empezar de cero mucho tiempo después.

Habían formado otra familia casi inmediatamente.

Julián volvió al estudio.

—Todavía falta una cosa.

Regresó con una caja metálica.

Mi padre dio un paso atrás al verla.

Aquello me alarmó más que todo lo anterior.

—¿Qué contiene?

—La razón verdadera por la que Ernesto sabía que regresarían inmediatamente después de su funeral.

Introdujo una llave.

Dentro había estados de cuenta, fotografías y una carta recibida apenas dos semanas antes de su muerte.

Julián me entregó la carta.

La firma era de mi madre.

Pero no estaba dirigida al abuelo.

Estaba dirigida a un banco.

Y decía que, tras la muerte de Ernesto, mis padres venderían inmediatamente la casa para cubrir una deuda de casi tres millones de pesos.

Miré a Laura.

—¿Cómo podían prometer una casa que no era suya?

Julián cerró lentamente la caja.

—Porque alguien les aseguró que podía falsificar los documentos necesarios.

Mi padre salió disparado hacia la puerta.

Dos hombres que esperaban afuera bloquearon su camino.

Entonces Julián colocó una fotografía sobre la mesa.

Mostraba a Roberto reuniéndose con el hombre que había preparado aquellos documentos.

Reconocí el rostro.

Lo había visto ayer.

Había estado de pie junto a la tumba de mi abuelo durante todo el funeral.

Y antes de marcharse, me había llamado por un nombre que nadie utilizaba desde que yo tenía cinco años.

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