PARTE 2: LOS DIEZ MINUTOS QUE CAMBIARON TODO

Le concedí exactamente diez minutos.

No por Dante.

Por Leo.

Nos encontramos esa noche en una pequeña capilla privada detrás de la residencia Moretti.

Dante llegó solo.

—Nueve minutos —dije.

Sus ojos bajaron hacia Leo, dormido entre mis brazos.

Por primera vez vi miedo auténtico en Dante Moretti.

—Victoria y yo nunca fuimos marido y mujer.

Solté una risa amarga.

—Estuve en vuestra boda.

—Viste una ceremonia. No viste el acuerdo.

Sacó un documento de su abrigo.

El matrimonio había formado parte de una alianza entre los Moretti y los Carter.

Pero una cláusula me hizo detenerme.

Protección de Elena Carter.

—¿Qué significa esto?

Dante cerró los ojos.

—Tu padre debía millones a una organización de Nueva York. Cuando murió, la deuda pasó a sus herederos.

—Victoria y yo.

—No.

Me miró.

—Solo a ti.

Sentí frío.

—¿Por qué?

—Porque no eres hija biológica de Richard Carter.

Retrocedí.

Dante continuó antes de que pudiera hablar.

—Tu verdadero padre era Luca Bellini.

Conocía aquel apellido.

Todo Chicago lo conocía.

Luca Bellini había sido asesinado veinte años atrás después de traicionar a varias familias criminales.

—Eso es imposible.

—Tu madre estaba embarazada cuando se casó con Carter.

Dante señaló el documento.

—Cuando descubrí la verdad, también descubrí que los Bellini buscaban a la última heredera de Luca.

A mí.

—Por eso nunca te pedí matrimonio —dijo—. Convertirte públicamente en una Moretti habría confirmado quién eras y te habría convertido en objetivo.

Las lágrimas me quemaron los ojos.

—¿Y Victoria?

—Se ofreció a casarse conmigo para hacer creer a todos que la heredera Carter vinculada a los Moretti era ella.

Lo miré horrorizada.

Mi hermana había dejado que la odiara durante tres años.

Entonces escuchamos pasos.

Victoria apareció en la puerta.

Tenía una cicatriz que no recordaba en el cuello.

—Hola, Elena.

No pude hablar.

Ella miró a Leo y sonrió tristemente.

—Así que este es mi sobrino.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

—Porque hace tres años intentaron matarme creyendo que era tú.

El silencio me atravesó.

Dante miró su reloj.

—Tus diez minutos terminaron.

—No.

Ahora era yo quien necesitaba respuestas.

—¿Por qué apareciste precisamente hoy en el aeropuerto?

Dante y Victoria intercambiaron una mirada.

Eso me alarmó.

—Dante.

Victoria respondió.

—Porque no regresaste a Chicago por casualidad.

Sacó una fotografía tomada aquella mañana en Zurich.

Leo y yo aparecíamos saliendo de nuestro edificio.

Detrás de nosotros caminaba un hombre.

—Te ha seguido durante seis meses.

Dante puso otra fotografía junto a la primera.

El mismo hombre aparecía veinte años antes junto a Luca Bellini.

—Creíamos que estaba muerto —dijo.

Miré a Leo.

—¿Qué quiere?

Dante se acercó.

—A tu hijo.

Lo abracé con más fuerza.

—¿Por qué?

Victoria sacó entonces un viejo testamento.

—Porque Luca Bellini no dejó su fortuna a su hija.

Me miró.

—La dejó al primer hijo varón que ella tuviera.

Antes de que pudiera reaccionar, las luces de la capilla se apagaron.

Dante sacó su arma.

Y desde la oscuridad, una voz masculina pronunció suavemente:

—Buenas noches, Elena.

Victoria palideció.

Dante se colocó delante de Leo y de mí.

Porque aquella voz pertenecía al hombre que las tres familias llevaban veinte años creyendo muerto.

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