Durante toda la cena, Daniel cuidó de Chloe.
Le sirvió sopa.
Apartó los alimentos que ella no quería.
Incluso pidió al camarero que bajara el aire acondicionado porque tenía frío.
A mí no me preguntó nada.
Cuando terminamos, Daniel dejó una tarjeta sobre la mesa.
—Mañana iremos al hospital para hacerte las pruebas de compatibilidad.
Lo miré.
—¿A mí?
—Chloe no puede donar.
Su tono fue completamente natural.
—Tus análisis anteriores mostraron compatibilidad parcial con tu padre. Los médicos pueden evaluar otras opciones.
Finalmente entendí por qué estaba tan desesperado por encontrarme.
No porque hubiera notado mi ausencia.
Todavía necesitaba algo de mí.
—Está bien —respondí.
Daniel pareció relajarse.
Aquella noche recogí mi pasaporte y fui directamente al aeropuerto.
A las 6:40 de la mañana, mientras el avión esperaba para despegar, comenzaron sus mensajes.
No respondí.
A las 7:03 llegó otro.
“Estoy en casa. ¿Dónde están tus cosas?”
Después:
“Olivia, llámame inmediatamente.”
Y finalmente:
“¿Dónde está tu padre? El hospital dice que ya no está registrado.”
Cerré los ojos.
Por fin había preguntado.
Demasiado tarde.
El avión despegó.
Horas después, al aterrizar en Londres, encontré treinta y siete llamadas perdidas.
Una era de la madre de Daniel.
Contesté.
—Olivia, Daniel acaba de enterarse de que tu padre murió.
Guardé silencio.
—Está destrozando la casa buscándote.
—Eso ya no es asunto mío.
—Hay otro problema.
Su voz cambió.
—El acuerdo de divorcio que firmaste desapareció de mi despacho.
Me detuve.
—¿Qué?
—Daniel nunca debía verlo antes de que yo lo presentara.
Entonces recibí una fotografía.
Daniel sostenía el documento.
Debajo apareció su mensaje.
“No voy a firmar.”
Casi sonreí.
Él todavía creía que podía decidir.
Pero después llegó otro mensaje.
Una fotografía del expediente médico de mi padre.
“Olivia, hay algo que no sabes sobre Chloe.”
Lo ignoré.
Hasta que apareció una tercera imagen.
Era el resultado original de compatibilidad.
Chloe había sido una coincidencia extraordinariamente alta.
Pero junto al informe había otro documento.
Una prueba genética.
Leí el nombre de mi padre.
Después el de Chloe.
Y sentí que el aeropuerto entero desaparecía.
Probabilidad de parentesco padre-hija: 99,98 %.
Chloe no era simplemente una posible donante.
Era mi media hermana.
El teléfono sonó.
Daniel.
Esta vez contesté.
—¿Desde cuándo lo sabías?
Su respiración se quebró.
—Desde hace seis meses.
Cerré los ojos.
—Entonces sabías que mi padre era también el suyo.
—Sí.
—Y aun así la convenciste de no donar.
—No fue así.
—Lo escuché, Daniel.
Silencio.
Luego dijo algo que me heló.
—Olivia, yo no impedí la donación porque estuviera enamorado de Chloe.
—Entonces ¿por qué?
—Porque tu padre me pidió que la mantuviera lejos del hospital.
Me quedé inmóvil.
—Mi padre estaba muriendo.
—Lo sabía.
Daniel respiró con dificultad.
—Y prefería morir antes que permitir que Chloe entrara en esa sala.
—¿Por qué?
La respuesta no vino de Daniel.
Una voz masculina habló detrás de mí.
—Porque Chloe nunca fue la hija secreta de tu padre.
Me giré.
Un hombre mayor sostenía una carpeta con mi apellido.
Me miró como si llevara años esperando aquel momento.
—Olivia, antes de volver con Daniel, deberías preguntarte por qué tu padre falsificó esa prueba de ADN.
