La mujer del porche sonrió como si nada estuviera mal.
—Nathan. Has vuelto antes.
Era Margaret Grayson.
La cuidadora que había contratado para quedarse con Emma mientras yo estaba en Boston.
Me puse delante de mi hija.
—¿Por qué está descalza bajo la lluvia?
Margaret suspiró.
—Consecuencias. Emma últimamente está muy rebelde.
Sentí que los pequeños dedos de mi hija se aferraban a mi abrigo.
—Entra en el coche, cariño.
Margaret dio un paso adelante.
—Todavía no ha terminado sus tareas.
La miré.
—He dicho que entre en el coche.
Emma obedeció inmediatamente.
Cuando cerré la puerta, Margaret perdió la sonrisa.
—Estás cometiendo un error.
—Enséñame tu teléfono.
—¿Perdón?
—Las cámaras de seguridad dejaron de enviarme notificaciones tres semanas después de que me marchara. Dijiste que era un fallo del sistema.
Su expresión cambió apenas un segundo.
Fue suficiente.
Entré en la casa.
Habían desaparecido fotografías de Emma.
Su mochila estaba junto a la puerta trasera.
Y había un pequeño colchón en el lavadero.
Me quedé inmóvil.
—¿Dónde dormía mi hija?
Margaret no respondió.
Abrí un armario.
Dentro encontré ropa de Emma, una manta y una caja de cereales.
Entonces escuché su vocecita detrás de mí.
—Papá.
Se había bajado del coche.
Corrió hacia mí y me entregó algo.
Una vieja tableta.
—La escondí.
La encendí.
Emma había grabado vídeos.
En uno, Margaret le quitaba la cena.
En otro, la obligaba a limpiar el suelo pasada la medianoche.
Después apareció un hombre.
Sentí que dejaba de respirar.
Lo conocía.
Era Gregory Hale, director financiero de mi empresa.
—¿Qué hacía él aquí?
Emma comenzó a llorar.
—Venía cuando tú llamabas desde Boston.
Margaret retrocedió hacia la puerta.
La agarré del brazo.
—No vas a ninguna parte.
—Suéltame.
—¿Qué buscaban?
Emma señaló mi despacho.
—Los papeles de mamá.
Mi esposa había muerto tres años antes.
Corrí hacia la caja fuerte.
Estaba abierta.
Vacía.
Entonces Emma levantó la manga.
La marca de su muñeca no era simplemente un moretón.
Tenía pequeños cortes alrededor.
Como si alguien hubiera intentado quitarle algo a la fuerza.
—Emma, ¿qué llevabas ahí?
Ella metió la mano dentro del vestido y sacó una cadena.
Colgaba una diminuta llave.
—Mamá me dijo que nunca se la diera a nadie.
Margaret palideció.
—Dámela.
Emma se escondió detrás de mí.
—¿Qué abre? —pregunté.
Mi hija señaló el viejo piano de su madre.
Abrí el compartimento oculto bajo el teclado.
Dentro había una memoria USB y una carta dirigida a mí.
Reconocí la letra de mi esposa.
La primera línea hizo que se me helara la sangre.
“Nathan, si estás leyendo esto, mi muerte no fue un accidente.”
Levanté la vista.
Margaret ya no intentaba escapar.
Estaba sonriendo.
—Por fin —susurró—. Encontramos la llave.
