PARTE 2: EL DEMONIO DESPERTÓ

El anciano del machete se rio.

—¿Tú sola contra toda la aldea?

Miré alrededor.

Veinte hombres.

Tal vez treinta.

—No.

Levanté la barra metálica.

—Ustedes contra mí.

Su sonrisa desapareció.

Los primeros cuatro avanzaron juntos.

Fue su primer error.

El segundo fue creer que yo iba a pelear limpiamente.

Una cubeta salió volando.

Una puerta terminó arrancada.

Dos hombres descubrieron que un gallinero era un pésimo lugar donde caer.

Y cuando el anciano intentó atacarme por detrás, una de las mujeres encadenadas gritó:

—¡Cuidado!

Me agaché.

El machete pasó sobre mi cabeza.

Le golpeé la muñeca con la barra y el arma cayó.

Después lo empujé dentro de un abrevadero.

—¡Agárrenla! —rugió Leonard desde el suelo—. ¡Cinco mil para quien la atrape!

Todos se detuvieron.

Lo miré.

—¿Cinco mil?

Leonard tragó saliva.

Sonreí.

—Me estás ofendiendo.

Diez minutos después, nadie seguía interesado en cobrar la recompensa.

Algunos huyeron.

Otros estaban en el suelo.

Los más inteligentes levantaron las manos.

Entonces me acerqué a las mujeres.

—¿Quién tiene las llaves?

Una señaló la casa de Leonard.

Entré.

Encontré mucho más.

Llaves.

Documentos.

Fotografías.

Una libreta llena de nombres, precios y fechas.

Aquello no era una pequeña operación.

Era una red.

Regresé y abrí las cadenas.

Al principio ninguna mujer se movió.

Parecían incapaces de creer que realmente podían marcharse.

—Se acabó —dije.

Una de ellas comenzó a llorar.

Otra me abrazó.

Después otra.

No sabía qué hacer con tantas lágrimas, así que señalé a los hombres amontonados.

—Si quieren agradecerme, vigilen a esos idiotas.

Cuando regresé junto al joven, lo encontré sentado contra la roca.

Seguía pálido.

Pero estaba sonriendo.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás sonriendo.

—Estoy pensando que sus secuestradores probablemente lamentan profundamente haberla conocido.

—Mi padre también.

Intentó levantarse y volvió a tambalearse.

Lo sostuve por la cintura.

—¿Cómo te llamas?

Vaciló.

—Lucas.

—¿Sólo Lucas?

—Lucas Hayes.

No reconocí el nombre.

Pero cuando lo dije en voz alta, uno de los traficantes atados levantó la cabeza bruscamente.

—¿Hayes?

Lucas lo miró.

El hombre palideció.

—Tú eres…

Lucas cambió inmediatamente.

La fragilidad desapareció de sus ojos.

—Termina la frase.

El traficante cerró la boca.

Lo observé con curiosidad.

—¿Quién eres?

Lucas suspiró.

—Alguien cuya familia probablemente está buscándolo.

—Eso espero. Necesitamos policía.

—No.

—¿No?

Señaló la libreta que yo llevaba.

—Si llamamos a la policía local, esa libreta desaparecerá antes del amanecer.

Mi sonrisa se borró.

—¿Policías comprados?

Lucas asintió.

—Por eso estaba investigando esta región.

Ahora entendía por qué él también había terminado dentro de aquella furgoneta.

—Entonces no te secuestraron por casualidad.

—No.

—¿Y pensabas contarme cuándo?

—Cuando dejara de estar drogado y usted dejara de cargarme como un saco de patatas.

Lo solté.

Cayó sentado.

—¡Oiga!

—Ya estás mejor.

Lucas me miró indignado.

Por alguna razón, tuve ganas de reír.

Pero entonces escuchamos motores.

Muchos.

Las mujeres retrocedieron aterrorizadas.

Desde el camino de montaña aparecieron varias camionetas.

Leonard comenzó a reír.

—Ahora sí estás muerta.

—Es el jefe.

—¿El jefe de quién?

Su sonrisa se ensanchó.

—De todos.

Las camionetas se detuvieron.

Bajaron hombres vestidos de negro.

No llevaban palos.

Llevaban armas.

Esta vez incluso yo comprendí que una barra metálica no sería suficiente.

Lucas se colocó delante de mí.

—Quédate detrás.

Lo miré.

—Hace diez minutos no podías caminar.

—Ya puedo.

El hombre que descendió del vehículo principal tendría unos cincuenta años.

Traje oscuro.

Cabello gris.

Rostro tranquilo.

Leonard gritó:

—¡Señor Hayes! ¡Esta loca destruyó todo!

Me congelé.

Hayes.

Miré lentamente a Lucas.

Él también había palidecido.

El hombre de cabello gris observó a los traficantes atados.

Después a las mujeres liberadas.

Finalmente miró a Lucas.

—Te advertí que dejaras de investigar.

Lucas apretó los puños.

—Tío.

El silencio fue absoluto.

Comprendí entonces que el enemigo no acababa de llegar.

Había estado conectado con Lucas desde el principio.

El señor Hayes levantó una mano.

Los hombres armados avanzaron.

—Llévense a mi sobrino.

Después me señaló.

—Y eliminen a la chica.

Lucas dio un paso delante de mí.

—Si la tocas, tendrás que pasar por mí.

Su tío sonrió.

—Lucas, todavía no entiendes quién manda aquí.

Yo aparté suavemente a Lucas.

—No.

Recogí el machete que había quedado en el suelo y miré a los hombres que nos rodeaban.

—Creo que quien todavía no lo entiende…

Sonreí.

—es él.

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