El primer marine avanzó con una sonrisa confiada.
Duró menos de un minuto.
No intenté ser más fuerte que él. Esperé a que cargara, desvié su brazo y usé su propio impulso para llevarlo a la lona.
El segundo fue más rápido. El tercero, más pesado.
Uno tras otro, cayeron.
Cada vez que sonaba el golpe contra la colchoneta, el gimnasio rugía. Yo apenas oía a la multitud. Sentía el cinturón de mi padre apretado alrededor de mi cintura y repetía sus palabras: «Conviértete en piedra».
Cuando el quinto hombre se rindió, me temblaban las piernas. Tenía el labio partido y el hombro ardiendo.
Entonces Bennett entró en la alfombra.
Ya no sonreía.
—Aún puedes retirarte, teniente —dijo.
—No he llegado hasta aquí para retirarme.
Nos rodeamos en silencio.
Bennett atacó primero. Esquivarlo me costó el equilibrio; su hombro me golpeó y caí de lado. El impacto me dejó sin aire. Oí a Turner gritar mi nombre, pero me levanté antes de que Bennett pudiera acercarse.
Él miró el cinturón.
Su expresión cambió.
—¿De dónde lo sacaste?
—Era de mi padre.
Bennett retrocedió un paso.
—¿Daniel Mitchell era tu padre?
El ruido del gimnasio se apagó.
—¿Lo conociste?
Bennett tragó saliva. Por un instante pareció olvidar que cientos de personas nos observaban.
—Afganistán. Tu padre me sacó de un vehículo en llamas. Yo sobreviví. Él no.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.
—¿Y por eso pasaste dos semanas humillándome?
Bennett bajó la mirada.
—No. Lo hice porque creí que no podrías soportar lo que soportó él.
—No vuelvas a usar su nombre para justificar lo que hiciste.
El árbitro ordenó continuar.
Bennett se acercó, pero ya no vi al hombre que se había burlado de mí. Vi a alguien cargando una historia que nunca me había contado.
Entonces Turner se levantó de su asiento.
—Detengan el combate. Hay algo que la teniente debe saber sobre el último despliegue de su padre.
Bennett palideció.
Y, por primera vez, entendí que la pelea más difícil quizá no estaba sobre la colchoneta.
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