—Sophie no es mi hija —dijo Julian.
Miré primero a él.
Después a la niña.
—Entonces explícame por qué me llama mamá.
Julian se arrodilló junto a Sophie.
—Cariño, ¿puedes esperar con la señora de recepción?
Sophie negó con fuerza y agarró mi mano.
—Vanessa dijo que mamá Claire no me abandonó.
Sentí un escalofrío.
Julian cerró los ojos.
—Vanessa murió hace cuatro meses.
Aquello me dejó sin palabras.
—Antes de morir me entregó una caja —continuó—. Había fotografías tuyas, cartas y documentos médicos.
Sacó un sobre.
—Y esto.
Era un informe de una clínica de fertilidad.
Mi nombre aparecía arriba.
Claire Morgan Cross.
—No entiendo.
Julian tragó saliva.
—¿Recuerdas el tratamiento que hicimos dos años antes de separarnos?
Claro que lo recordaba.
Tres embriones.
Dos intentos fallidos.
Después abandonamos la idea.
—La clínica dijo que el tercero no era viable.
—Mintieron.
Me faltó el aire.
Julian señaló a Sophie.
—Ese embrión fue transferido años después.
Miré a la niña.
Sus ojos.
La forma de su nariz.
Aquella familiaridad que había sentido al verla.
—¿Vanessa…?
—La gestó.
Retiré mi mano de la suya como si el papel quemara.
—¿Con tu permiso?
—No.
La respuesta salió inmediatamente.
Julian me mostró correos.
Vanessa había accedido a archivos médicos privados mientras trabajaba para él.
Después de nuestro divorcio descubrió que uno de nuestros embriones seguía almacenado.
Utilizó autorizaciones falsificadas.
Sophie nació cinco años atrás.
Biológicamente era hija de Julian.
Y mía.
Tuve que sentarme.
—¿Por qué has esperado cinco años para decírmelo?
—Porque yo tampoco lo sabía.
Julian explicó que Vanessa había criado a Sophie sola.
Nunca pidió dinero.
Nunca reveló quién era el padre.
Hasta enfermar.
Entonces buscó a Julian.
Sophie volvió corriendo y apoyó la cabeza contra mi brazo.
—Vanessa decía que tienes mi misma sonrisa.
No pude responder.
Julian dejó otro documento sobre el mostrador.
Era una prueba genética.
Maternidad: 99,99 %.
Las lágrimas me nublaron la vista.
Durante seis años había creído que aquella mujer me había robado a mi marido.
Ahora descubría que también había llevado dentro de su cuerpo a la hija que yo creía que nunca había tenido.
Pero algo no encajaba.
—Julian, aquella noche recibí tu ubicación desde casa de Vanessa.
Su expresión cambió.
—Yo nunca te envié ninguna ubicación.
—La eliminaste segundos después.
—Claire, esa noche dejé mi teléfono sobre la mesa mientras ayudaba a Vanessa.
Sentí frío.
—Entonces pudo enviarla ella.
Julian asintió lentamente.
Saqué la fotografía arrugada.
—Vanessa escribió que ella rompió nuestra casa.
Julian bajó la mirada.
—Eso creía yo también.
Después abrió la última carta que Vanessa había dejado.
Solo contenía cuatro líneas.
Claire:
Necesitaba que abandonaras a Julian antes de que descubrieras lo que habíamos hecho.
Sophie no fue el primer embrión que sacaron de aquella clínica.
Pregunta a Julian qué ocurrió con los otros dos.
Levanté la mirada.
Julian estaba completamente blanco.
—Claire…
Retrocedí.
—¿Qué significa “los otros dos”?
Él tardó varios segundos en responder.
—Significa que Sophie puede tener hermanos.
Entonces Sophie levantó la cabeza.
—Los tengo.
Ambos la miramos.
La niña abrió su pequeña mochila.
Sacó una fotografía.
En ella aparecía Vanessa junto a dos niños idénticos de unos siete años.
Y detrás estaba escrita una dirección.
Aquí mismo.
En Santa Fe.
