La niña miró hacia la entrada.
—No puede saber que estamos aquí.
Aparté las manos de la mesa.
—Nadie va a tocarte. ¿Cómo te llamas?
—Elena. Mi hermanito es Tomás.
El bebé soltó un gemido. Pedí que llamaran a un médico antes de darle comida; parecía demasiado débil para esperar.
Rosa llegó con una manta seca. Elena aceptó que se la pusiera sobre los hombros, pero no soltó al niño.
—¿Dónde están tus padres? —pregunté.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mamá está en el hospital. Nos dejó con su novio. Él dijo que gastábamos demasiado.
Miré su muñeca.
—¿Él te hizo eso?
Asintió.
—Hoy no había comida. Intenté salir con Tomás y me agarró. Cuando se durmió, escapamos.
Sentí las miradas de los hombres alrededor de mi mesa. Ninguno habló.
Entonces uno de mis guardias recibió una llamada y se acercó.
—Hay un hombre afuera. Dice que la niña robó dinero y que viene a buscarla.
Elena se levantó tan deprisa que casi volcó la silla.
—No robé nada.
—Te escuché.
Me puse de pie.
—Llame a la policía —le dije al guardia—. Y que ese hombre espere afuera.
No envié a nadie a golpearlo. No necesitaba convertir el miedo de Elena en otra escena de violencia.
El médico llegó primero. Examinó a Tomás y recomendó trasladarlo al hospital. Elena empezó a llorar cuando oyó la palabra ambulancia.
—No nos separen, por favor.
Rosa tomó su mano.
—Voy contigo hasta que encuentren a tu mamá.
Cuando los agentes entraron, les entregué las grabaciones de seguridad y pedí que una especialista hablara con Elena. La niña repitió su historia despacio, sosteniendo todavía el borde de la manta.
A la mañana siguiente, supimos que su madre seguía ingresada y no había podido comunicarse con ellos. Una trabajadora social organizó su protección mientras investigaban al hombre.
Elena regresó semanas después, acompañada por su madre y por Tomás, ya recuperado.
Traía un dibujo de nuestra mesa.
—Gracias por no cerrar la puerta —me dijo.
Lo colgué en mi despacho.
Durante veintidós años había enseñado a todos a pedir permiso para acercarse.
Aquella niña me enseñó a reconocer cuándo alguien necesitaba que yo me acercara primero.