PARTE 2: CUANDO QUISO VOLVER

El avión despegó cuarenta minutos después.

Adrián llamó siete veces.

No respondí.

No sabía que aquel vuelo no era unas vacaciones.

Había aceptado un puesto en otra ciudad.

Nuevo trabajo.

Nuevo apartamento.

Nueva vida.

Por primera vez desde los quince años, mi futuro no incluía a Adrián Lu.


Pasaron seis meses.

Una tarde, mientras salía de la oficina, recibí un mensaje de un número desconocido.

Era Sofía.

“¿Puedes hablar?”

Lo ignoré.

Llegó otro.

“Adrián y yo terminamos.”

Después:

“Encontré algo que creo que te pertenece.”

Adjuntó una fotografía.

Dejé de caminar.

Era mi collar de jade.

—Imposible…

Sofía explicó que semanas después de mi partida habían vaciado el estanque para hacer reparaciones.

Un trabajador encontró el collar entre las piedras.

Adrián lo había recuperado.

Pero nunca me lo dijo.

“Lo guarda en su escritorio”, escribió Sofía.

“Y todas las noches lo mira.”

Bloqueé el teléfono.

Ya no quería saberlo.

Pero esa noche alguien llamó a mi puerta.

Cuando abrí, Adrián estaba allí.

Había adelgazado.

Tenía el cabello mojado por la lluvia y sostenía una pequeña caja.

Durante varios segundos ninguno habló.

Finalmente la abrió.

El jade descansaba dentro.

—Lo encontré.

Mis ojos ardieron.

Extendí la mano.

Adrián cerró los dedos alrededor de la caja.

—Emma, hablemos primero.

Lo miré.

—El collar.

—Escúchame cinco minutos.

—No recorriste cientos de kilómetros para devolverme algo que es mío y poner condiciones.

Aquello pareció golpearlo.

Me entregó la caja.

La apreté contra el pecho.

—Gracias.

Empecé a cerrar la puerta.

Adrián la sostuvo.

—Sofía me dejó.

—Lo sé.

Su expresión cambió.

—¿Hablaron?

—No importa.

—Sí importa.

—Para mí no.

Se quedó mirándome como si no entendiera aquella respuesta.

—Pensé que volverías.

Ahí estaba.

La misma certeza de siempre.

—¿Por qué?

—Porque siempre volvías.

Sonreí tristemente.

—Ese era precisamente el problema.

Adrián bajó la mirada.

—Después de que te marchaste entendí muchas cosas.

—Qué conveniente.

—Emma…

—Cuando yo estaba allí, me llamabas cuando querías compañía. Me escondías cuando querías una novia. Permitiste que ella me humillara y después llamaste “solo un collar” a lo último que tenía de mi madre.

Su rostro perdió color.

—Lo sé.

—No. Ahora lo sabes.

Hice una pausa.

—Entonces solo sabías que podía soportarlo.

Adrián permaneció bajo la lluvia.

—¿Nunca me amaste? —preguntó finalmente.

Casi me reí.

—Te amé tanto que confundí gratitud con deuda.

Sus ojos se enrojecieron.

—Tú me salvaste cuando era adolescente.

—Y yo te salvé después.

—Estamos en paz.

Aquellas palabras parecieron destruir algo dentro de él.

Porque durante años nuestra historia había sido la cadena que nos mantenía unidos.

Yo acababa de romperla.

—¿Hay alguien más? —preguntó.

Antes de que pudiera responder, escuché pasos detrás de mí.

Mi compañero Daniel apareció en el pasillo con una carpeta.

—Emma, olvidaste esto en la oficina.

Se detuvo al vernos.

—Perdón. ¿Interrumpo?

—No.

Tomé la carpeta.

—Gracias. Nos vemos mañana.

Daniel sonrió y se marchó.

Adrián siguió observándolo hasta que desapareció.

—¿Quién es?

—Alguien que no es asunto tuyo.

Por primera vez, vi miedo verdadero en su rostro.

No porque hubiera otra persona.

Sino porque finalmente comprendía que podía existir una vida mía en la que él no ocupaba ningún lugar.

—Emma, dame otra oportunidad.

Negué.

—La tuviste durante años.

Cerré la puerta.

Esta vez no la detuvo.


A la mañana siguiente encontré un mensaje suyo.

No decía “vuelve”.

No decía “perdóname”.

Solo:

“Ahora entiendo por qué te fuiste.”

Lo eliminé.

Después abrí la caja.

Me puse nuevamente el collar de mi madre.

Y por primera vez aquel jade ya no me recordó a Adrián.

Me recordó a la mujer que había sido antes de convertir a otra persona en su hogar.

Sonó mi teléfono.

Era Recursos Humanos.

—Emma, tenemos noticias sobre el puesto de directora regional.

Sonreí.

—La escucho.

—La junta aprobó su ascenso.

Miré por la ventana hacia aquella ciudad que seis meses antes no conocía.

—Acepto.

Colgué.

En ese instante llegó otro correo.

El remitente hizo desaparecer mi sonrisa.

Grupo Lu — Departamento Legal.

Abrí el archivo.

Era una notificación sobre una participación empresarial registrada años atrás.

A mi nombre.

El valor estimado aparecía al final:

18.600.000 yuanes.

Y debajo figuraba la firma de quien había ordenado transferírmela.

No era Adrián.

Era su madre.

La mujer que todos creíamos muerta.

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