PARTE 2: CUANDO POR FIN LEVANTÓ LA CABEZA

A la mañana siguiente desperté temblando.

La habitación del hotel era pequeña, olía a humedad y el aire acondicionado hacía un ruido horrible.

Intenté levantarme.

No pude.

La recepcionista terminó llamando a un médico, que confirmó que tenía una infección respiratoria y necesitaba descansar.

Mientras tanto, mi teléfono acumulaba llamadas desde números desconocidos.

No contesté ninguna.

Hasta que llegó un mensaje de una compañera de trabajo:

“Emily, Adrian está buscándote. Dice que dejaste el apartamento por una tontería.”

Lo borré.

Después llegó otro.

“Por cierto, Sabrina publicó algo.”

Cometí el error de mirar.

Era una fotografía de Adrian sentado frente a su computadora.

Sabrina había escrito:

“Hay personas que siempre aparecen cuando realmente las necesitas.”

Cerré la aplicación.

Por primera vez, no sentí celos.

Sentí vergüenza de haber competido tanto tiempo por un hombre que ya había elegido.

Tres días después regresé al trabajo.

Mi jefe me llamó inmediatamente.

—Emily, ¿todavía estás interesada en dirigir la nueva oficina de Seattle?

Me quedé inmóvil.

Me lo había ofrecido dos meses antes.

Lo rechacé porque Adrian dijo que una relación a distancia acabaría destruyéndonos.

Qué ironía.

—Sí.

—Tendrías que marcharte en dos semanas.

—Perfecto.

Firmé aquella misma tarde.

Adrian se enteró por otra persona.

Esa noche apareció frente a mi oficina.

Lo reconocí desde lejos.

Camisa arrugada.

Cabello desordenado.

Y, por primera vez desde nuestra ruptura, sin Sabrina cerca.

—Emily.

Seguí caminando.

Él se puso delante.

—¿Te vas a Seattle?

—Sí.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo?

Lo miré sorprendida.

—Terminamos, Adrian.

—¡Por una computadora!

Casi sonreí.

—No terminé contigo por una computadora.

—Entonces explícame.

—Terminé contigo por todas las veces que Sabrina llamó y tú corriste.

Su expresión se endureció.

—Ella me necesita.

—Lo sé.

Asentí.

—Por eso ahora eres libre para estar disponible cada vez que te necesite.

Intenté pasar.

Me sujetó del brazo.

Me aparté inmediatamente.

—No vuelvas a hacer eso.

Adrian soltó mi brazo.

—Emily… llevamos tres años juntos. No puedes borrarlo todo así.

—Yo no lo borré.

Lo miré directamente.

—Tú lo fuiste reemplazando.

Por primera vez, no tuvo respuesta.

Dos semanas después subí al avión.

No hubo despedida.

No hubo última conversación.

Seattle me recibió con cajas sin abrir, una oficina complicada y demasiadas responsabilidades.

Fue exactamente lo que necesitaba.

Seis meses después, nuestra división consiguió la cuenta más importante de la compañía.

Un año después fui ascendida.

Y entonces Adrian volvió a aparecer.

Entré en una reunión nacional y lo encontré sentado al otro lado de la mesa.

Cuando me vio, dejó de hablar.

Yo había cambiado.

Pero él también.

Parecía cansado.

Al terminar la reunión me esperó afuera.

—Sabrina se casó.

Lo miré sin entender por qué debía importarme.

—Felicidades para ella.

Adrian soltó una risa amarga.

—Con otro hombre.

Ah.

Finalmente entendí.

—Después de que te marchaste —continuó—, empecé a ocuparme de todo lo que necesitaba. La llevaba al trabajo. Arreglaba sus cosas. Cancelaba planes por ella…

Exactamente.

Todo aquello que durante años había hecho conmigo.

—Pensé que terminaríamos juntos.

—¿Y no ocurrió?

Negó.

—Cuando conoció al hombre con quien quería estar, dejó de llamarme.

El silencio entre nosotros duró varios segundos.

—Entonces comprendí algo —dijo—. Yo era útil para Sabrina.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Pero tú me amabas.

No sentí la satisfacción que quizá habría sentido un año atrás.

Solo tristeza por el tiempo perdido.

—Sí, Adrian.

Asentí.

—Te amaba.

Una palabra hizo todo el trabajo.

Amaba.

Pasado.

Su rostro se quebró.

—¿No queda ninguna posibilidad?

Pensé en aquella noche.

Los fideos fríos.

La computadora de Sabrina.

Mi maleta bajo la lluvia.

La fiebre.

Y aquel mensaje preguntándome dónde había dejado su disco duro.

—No.

Adrian bajó la mirada.

Esta vez fue él quien permaneció en silencio mientras yo me alejaba.

Antes de entrar al ascensor, escuché su voz.

—Emily.

Me volví.

—Lo siento.

Lo observé durante un instante.

—Ojalá algún día entiendas que pedir perdón no siempre significa recuperar lo que perdiste.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Adrian levantó la cabeza.

Finalmente.

Solo que había tardado demasiado.

Porque el día que lo abandoné pensé que estaba perdiendo mi hogar.

Un año después comprendí la verdad:

yo no había salido de casa bajo aquella lluvia.

Había regresado a mí misma.

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