PARTE 2: CINCO AÑOS DESPUÉS

Diez días después nació Mateo.

Marcos nunca apareció.

Ni una llamada.

Ni un mensaje.

Tres meses después descubrí la verdad.

La mujer se llamaba Camila Ortega.

Estaba embarazada de Marcos desde antes de nuestro divorcio.

Su madre lo sabía.

Por eso querían echarme antes de que naciera Mateo y quedarse después con mi hijo.

Pero cometieron un error.

Creyeron que una mujer sin trabajo era una mujer sin opciones.

Durante los siguientes cinco años reconstruí mi vida.

Volví a trabajar en contabilidad desde casa.

Después abrí una pequeña asesoría.

Cuando Mateo cumplió cuatro años, ya tenía doce empleados y había comprado una casa cerca del mar.

Marcos nunca preguntó por nosotros.

Hasta una mañana de noviembre.

Alguien golpeó desesperadamente mi puerta.

Abrí.

Y me quedé inmóvil.

Mi exsuegra estaba allí.

Había envejecido diez años en cinco.

Al verme, cayó de rodillas.

—Valeria, por favor.

Detrás de ella había un automóvil.

Y apoyado contra la puerta estaba Marcos.

Casi no lo reconocí.

Estaba extremadamente débil y apenas podía mantenerse en pie.

—¿Qué quieren?

Mi exsuegra comenzó a llorar.

—Marcos está muy enfermo.

No respondí.

—Los médicos dicen que necesita tratamiento durante mucho tiempo. Camila se marchó cuando supo lo grave que era.

Qué curioso.

Cinco años antes yo había sido desechada cuando estaba a punto de dar a luz.

Ahora la mujer por la que me sustituyó también lo había abandonado.

—Lo siento —dije—, pero eso ya no tiene relación conmigo.

Intenté cerrar.

Ella sujetó la puerta.

—¡Necesitamos a Mateo!

Mi mano se detuvo.

La miré.

—Repítalo.

—Los médicos están buscando familiares compatibles para ciertas pruebas. Marcos no tiene hermanos y…

—No.

—¡Es su padre!

—Un padre que lleva cinco años sin verlo.

Marcos levantó finalmente la cabeza.

—Valeria…

Era la primera vez que escuchaba mi nombre en su voz desde aquella noche.

—Déjame verlo.

—No.

Su madre empezó a suplicar.

—Cometimos errores.

Solté una risa amarga.

—¿Errores?

—Me echaron embarazada.

—Intentaron quedarse con mi hijo.

—Y durante cinco años actuaron como si no existiera.

Ella bajó la cabeza.

Entonces Marcos dijo algo inesperado.

—Mi madre no tuvo la culpa de todo.

La mujer se quedó rígida.

Marcos respiró con dificultad.

—Fui yo quien quiso el divorcio.

—Camila estaba embarazada y pensé que su hijo era mío.

Lo miré.

—¿Pensaste?

Marcos cerró los ojos.

—Después descubrí que no lo era.

Camila había estado viendo a otro hombre.

El hijo por el que Marcos había destruido nuestra familia jamás había sido suyo.

Sentí algo extraño.

No satisfacción.

Simplemente indiferencia.

—Entonces ya tienes tu castigo.

Cerré la puerta.

Pero mi exsuegra gritó desde afuera:

—¡La casa tampoco era de Marcos!

Me detuve.

Abrí nuevamente.

—¿Qué dijo?

La mujer sacó una carpeta vieja.

—Aquella noche te mentimos.

Sus manos temblaban.

—La entrada no la pagué yo.

Me entregó los documentos.

Reconocí inmediatamente una transferencia bancaria.

El dinero había salido de una cuenta perteneciente a mi padre, poco antes de morir.

Mi respiración se detuvo.

—Tu padre entregó la entrada —confesó ella—. Pero la propiedad quedó registrada de una manera que permitió a Marcos hacerte creer que no tenías derechos.

Marcos bajó la mirada.

—¿Por qué me lo cuentan ahora?

Mi exsuegra comenzó a llorar todavía más.

—Porque Marcos vendió aquella casa hace tres años.

Pasó una página.

Vi la cifra.

Después vi dónde había terminado parte del dinero.

En una cuenta que reconocía.

No pertenecía a Marcos.

Pertenecía a Camila.

Pero había una segunda transferencia.

Mucho mayor.

Y su destinatario hizo que levantara lentamente la mirada.

—¿Qué significa esto?

Mi exsuegra dejó de llorar.

Porque aquella transferencia había sido realizada apenas una semana después de nuestro divorcio.

A nombre de mi propia madre.

Y de pronto entendí que todavía no conocía toda la verdad sobre la noche en que ella llegó antes del amanecer para sacarme de aquella casa.

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