Durante tres segundos, nadie respiró.
Luego Salvatore Rossi empezó a reír.
No una risa amable.
Una carcajada áspera, profunda, que hizo que uno de sus guardaespaldas bajara la mirada.
Gabriel seguía observándome.
—¿Dónde aprendiste ese dialecto? —preguntó Salvatore.
—De un hombre que decía que la mayoría de la gente arruina el siciliano intentando sonar elegante.
Sus ojos brillaron.
—Era inteligente.
—Era insoportable.
Salvatore volvió a reír.
—Entonces tráeme la carne.
Me giré hacia la cocina.
Gabriel me siguió.
—Tessa.
Me detuve.
—¿Sí?
—Acabas de insultar a mi padre frente a treinta personas.
—Él empezó.
Por primera vez en tres meses, Gabriel sonrió.
Solo un poco.
—Eso no suele importar.
Preparé el plato con el chef.
Carne al fuego.
Ajo.
Aceite de oliva.
Sal.
Nada más.
Cuando lo llevé a la mesa, Salvatore cortó un trozo.
Masticó lentamente.
Su expresión cambió.
—Esto sabe como Palermo.
—Entonces no se queje.
Gabriel soltó una risa baja.
Pero Salvatore dejó el tenedor.
—Cosenza.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué?
—El hombre que te enseñó.
Lo miré.
—¿Cómo sabe su nombre?
Salvatore se inclinó hacia atrás.
—Porque Antonio Cosenza no era simplemente tu vecino.
Sentí un escalofrío.
Gabriel dejó de sonreír.
—Padre.
—Ella merece saberlo.
Salvatore me miró directamente.
—Cosenza trabajó para mí durante treinta años.
Mi mano se cerró alrededor de la bandeja.
—Eso es imposible.
—No.
Sacó un anillo viejo del bolsillo.
Lo reconocí.
El señor Cosenza tenía uno idéntico.
—Antes de morir, me pidió que buscara a una chica llamada Tessa.
Mi respiración se detuvo.
—¿Por qué?
Salvatore empujó el anillo hacia mí.
—Porque te dejó algo.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
El anciano me observó con una seriedad completamente nueva.
—Un libro de cuentas.
El restaurante pareció desaparecer.
—¿Qué contiene?
Salvatore bajó la voz.
—Nombres.
Pagos.
Policías.
Jueces.
Empresarios.
Y suficientes secretos para destruir a tres familias de Nueva York.
Entonces miró a Gabriel.
—Incluida la nuestra.
Y por primera vez aquella noche, el hombre más peligroso de la mesa no parecía ser Salvatore Rossi.
Parecía ser yo.
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