PARTE 2: EL CERTIFICADO QUE MAURICIO NUNCA DEBIÓ DEJARME

A la mañana siguiente, Octavio inauguró su fábrica.

Yo estaba sentada frente a mi abogada revisando los documentos de Mauricio.

—Hay un problema —dijo ella.

—¿Cuál?

Deslizó el certificado de defunción hacia mí.

—La hora oficial de muerte es las 22:18.

—Sí.

—¿A qué hora regresaste de la farmacia?

—22:47.

Mi abogada colocó otro documento al lado.

Era el registro electrónico de acceso al edificio.

Mauricio había utilizado su tarjeta a las 22:31.

Trece minutos después de estar oficialmente muerto.

Sentí un escalofrío.

—Eso es imposible.

—Hay más.

Revisamos los archivos sucesorios.

Mauricio había modificado su testamento apenas nueve días antes.

Renata no aparecía.

Su hijo tampoco.

Todo pasaba a mí.

Incluidos los lingotes.

—¿Por qué haría eso?

Entonces encontré una memoria dentro del sobre del testamento.

Había un video.

Mauricio apareció sentado en su despacho.

Vivo.

Nervioso.

—Valeria, si estás viendo esto, significa que no conseguí salir.

Se me helaron las manos.

—Mi padre lleva años usando tus dividendos para financiar Alcántara Pharma. Yo lo permití.

Cerré los ojos.

Al menos una parte de la traición ya la conocía.

Pero Mauricio continuó:

—El oro era mi seguro. Pensaba devolverte todo cuando pudiera escapar de ellos.

Entonces pronunció algo que me hizo incorporarme.

—Renata nunca fue simplemente mi amante.

Según Mauricio, Octavio la había colocado cerca de él seis años atrás.

Su hijo no era de Mauricio.

—¿Entonces de quién? —susurré.

El video respondió.

—De mi padre.

Sentí náuseas.

Eso explicaba por qué Octavio trataba al niño como heredero.

Pero quedaba mi embarazo.

Puse una mano sobre mi vientre.

Once semanas.

Mauricio todavía no sabía que yo estaba embarazada cuando murió.

O eso creía.

El video siguió.

—Si estás embarazada, no se lo digas a nadie.

Me quedé paralizada.

—¿Cómo podía saberlo?

Mi abogada retrocedió la grabación.

Mauricio miraba directamente a cámara.

—Sé que dejaste de comprar tus medicamentos hace dos meses. También encontré la prueba que escondiste.

Las lágrimas me llenaron los ojos.

Lo había sabido.

Entonces llegó la última advertencia.

—Nuestro hijo heredará tus acciones y las mías. Eso significa que controlará Alcántara Pharma.

Mauricio respiró profundamente.

—Y mi padre hará cualquier cosa para impedirlo.

Mi teléfono sonó.

Era la policía.

Habían terminado el análisis preliminar del iPad encontrado en la bañera.

—Señora Alcántara —dijo el detective—, necesitamos que venga inmediatamente.

—¿Encontraron algo?

Hubo una pausa.

—El dispositivo nunca estuvo conectado a la corriente cuando murió su esposo.

Miré a mi abogada.

—Entonces no fue electrocución.

—No.

El detective continuó:

—También recuperamos un video eliminado de la cámara interior de su casa.

—¿Qué aparece?

—Una persona entrando al baño mientras usted estaba en la farmacia.

Mi respiración se detuvo.

—¿Renata?

—No.

Escuché papeles moverse.

—Era doña Elena.

Mi suegra.

Y antes de colgar añadió:

—Pero eso no es lo extraño, señora Alcántara.

—¿Entonces qué?

—La grabación muestra a Mauricio saliendo vivo del baño once minutos después de la hora que figura en su certificado de defunción.

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