Volví a respirar cuando unas manos me sacaron del agua.
—¡Tenemos a la mujer!
Un rescatista me colocó oxígeno mientras otro buscaba el latido de mi bebé.
—Embarazo a término. Hemorragia. Necesitamos evacuarla ahora.
Abrí los ojos apenas unos segundos.
Vi un helicóptero sobre nosotros.
Después escuché una voz conocida.
—Elena.
Mi hermano mayor, el coronel Daniel Carter, estaba arrodillado a mi lado.
—Papá viene detrás.
—Mi bebé…
Daniel apretó mi mano.
—Sigue vivo.
Me trasladaron directamente a una embarcación médica.
En la playa, Adrián intentaba acercarse.
Dos militares le bloquearon el paso.
—¡Soy su esposo!
Daniel se volvió lentamente.
—Precisamente por eso no vas a acercarte.
Vanessa comenzó a gritar que todo había sido un accidente.
Entonces uno de los agentes levantó la cuerda que todavía colgaba de la moto acuática.
—¿Un accidente con las muñecas de la víctima atadas?
Vanessa dejó de hablar.
Adrián también.
Horas después desperté en un hospital militar.
Mi primera reacción fue tocarme el vientre.
Ya no estaba.
El pánico me atravesó.
—¿Dónde está mi hijo?
Mi madre apareció junto a la cama.
Vestía uniforme.
No la veía usarlo desde hacía años.
—Está vivo.
Comencé a llorar.
Habían practicado una cesárea de emergencia.
Mi hijo estaba en cuidados neonatales, pero estable.
Entonces entró mi padre.
Samuel Carter parecía tranquilo.
Eso me asustó más que verlo furioso.
—Adrián está detenido —dijo.
—¿Y Vanessa?
—También.
Mi padre dejó una carpeta sobre la cama.
—Pero encontramos algo que necesitas conocer.
La moto acuática había sido preparada antes de que yo despertara.
Las cuerdas.
La ruta hacia los arrecifes.
Incluso las pastillas que Adrián me había entregado.
—No eran para estabilizar el embarazo —dijo mi madre.
Sentí frío.
—¿Qué eran?
—Un sedante.
Miré a mi padre.
—Entonces Adrián planeó esto.
Samuel negó lentamente.
—Eso creíamos.
Abrió la carpeta.
Habían recuperado mensajes del teléfono de Vanessa.
Uno había sido enviado tres semanas antes.
Cuando Elena desaparezca, Adrián heredará primero. Después nos ocupamos de él.
Debajo aparecía una respuesta.
No pertenecía a mi esposo.
—¿Quién escribió eso?
Mi padre guardó silencio.
Daniel entró detrás de él.
—Encontramos también transferencias, contratos y una póliza sobre tu vida.
—¿Beneficiario Adrián?
—No.
Daniel giró el documento.
El beneficiario era una sociedad que yo conocía perfectamente.
Carter Defense Holdings.
La empresa privada creada por mi familia décadas atrás.
Me quedé inmóvil.
—Eso es imposible.
Mi padre cerró la puerta.
—Hay algo sobre tu hijo que nunca te contamos.
En ese momento sonaron alarmas en el pasillo.
Un oficial entró corriendo.
—General, tenemos una brecha de seguridad en neonatología.
Me incorporé pese al dolor.
—¿Mi bebé?
Nadie respondió.
Entonces el comunicador de Daniel crepitó.
—Coronel Carter, la incubadora está vacía.

Mi padre palideció.
La siguiente frase convirtió mi miedo en terror.
—Y las cámaras muestran que quien se llevó al niño llevaba uniforme militar y tenía autorización firmada por un miembro de la familia Carter.