Gunther llegó al hospital de Vancouver esa misma tarde.
David esperaba a una enfermera dócil.
Recibió a un hombre enorme, silencioso y absolutamente inmune a sus amenazas.
—Quiero mi teléfono —exigió David.
Gunther revisó su expediente.
—El personal dice que necesita descansar.
—¡Soy quien paga!
Gunther levantó la mirada.
—Su esposa paga.
David se quedó callado.
Por primera vez, esa frase no significaba poder.
Significaba que dependía de mí.
Mientras tanto, yo seguía junto a Lily.
Su fiebre había empezado a bajar.
La doctora dijo que sus pulmones finalmente estaban respondiendo al tratamiento.
Entonces hice mi segunda llamada.
A mi abogada.
—Quiero el divorcio.
—¿Inmediato?
Miré a mi hija dormida.
—Hoy.
La tercera llamada fue al banco.
No toqué el dinero de David.
No necesitaba hacerlo.
Solo separé legalmente mis cinco millones y congelé cualquier autorización que él tuviera sobre mis cuentas personales.
Después empecé a revisar nuestros gastos.
Hoteles.
Restaurantes.
Viajes.
Joyas.
Todos vinculados a Emily.
Dieciocho meses.
David no había tenido una aventura de vacaciones.
Había tenido una segunda vida.
Entonces encontré algo peor.
Una transferencia de diez mil dólares realizada dos días antes.
Destino:
Emily Parker.
La misma cantidad con la que había amenazado pagar la hospitalización de Lily.
Sentí que algo dentro de mí se volvió completamente frío.
Mi teléfono sonó.
Número canadiense.
Contesté.
—¿Señora Bennett?
—Sí.
—Soy trabajadora social del hospital.
Me incorporé.
—¿Pasó algo con David?
Hubo una pausa.
—No exactamente.
Miré a Lily.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—La señorita Emily Parker pidió hablar con nosotros en privado.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—¿Por qué?
—Dice que no viajó con su esposo voluntariamente.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué quiere decir?
—Afirma que él amenazó con destruir su carrera si intentaba terminar la relación.
Toda la historia cambió en un instante.
Yo había odiado a Emily.
Pero quizá David llevaba años controlándonos a las dos de maneras diferentes.
Entonces llegó otro mensaje de mi abogada.
Clara, encontré algo. Llámame inmediatamente.
Marqué.
Contestó al primer tono.
—¿Qué pasó?
—David contrató una póliza de seguro hace tres semanas.
Sentí que se me helaba la espalda.
—¿Sobre quién?
Silencio.
—Sobre Lily.
Dejé de respirar.
—¿Beneficiario?
Mi abogada tardó un segundo demasiado largo.
—David.
Miré a mi hija.
Después recordé cada llamada en la que él preguntaba cuánto tiempo estaría hospitalizada.
Cada vez que parecía más interesado en la factura que en su salud.
Y por primera vez entendí que el accidente de Vancouver quizá no era el peor secreto de mi marido.
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