A la mañana siguiente, fingí que no sabía nada.
Preparé el desayuno.
Cambié a Leo.
Y actué como la cuidadora cansada que Julian esperaba ver.
Pero debajo de mi uniforme llevaba el teléfono grabando.
A las diez, Julian entró en la habitación de Grant.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
Yo bajé la mirada.
—El doctor dijo cinco días.
Julian sonrió.
No mucho.
Solo lo suficiente.
—Perfecto.
Grant permaneció inmóvil.
Yo también.
Entonces Julian sacó una carpeta.
—Cuando Barragán venga esta tarde, necesito que firme esto.
Miré los documentos.
—¿Firmar?
—La huella será suficiente.
Mi estómago se cerró.
—Pero él no puede consentir.
Julian me observó.
—Mariana, te pago para cuidar, no para pensar.
Esperé hasta que se fue.
Luego acerqué la carpeta a Grant.
Sus ojos se movieron hacia la última página.
Un poder financiero.
Control total de las empresas.
Las cuentas.
Las propiedades.
Todo pasaría a Julian.
—¿Esto es lo que quiere? —susurré.
Grant parpadeó una vez.
Sí.
Esa tarde, cuando llegó Barragán, escondí una pequeña cámara detrás de un marco.
Lo vi preparar otra jeringa.
—La dosis de hoy debería terminar el trabajo —murmuró.
Julian estaba junto a la ventana.
—¿Antes del viernes?
—Si no hay complicaciones.
Sentí que se me helaba la sangre.
No estaban esperando su muerte.
La estaban programando.
Cuando ambos salieron, entré corriendo.
Retiré la vía antes de que todo el medicamento entrara.
Grant comenzó a respirar con dificultad.
—Tenemos que sacarte de aquí.
Movió los labios.
—Caja… fuerte.
Seguí su mirada hacia una pintura.
Detrás encontré una pequeña caja fuerte.
Grant me dio la combinación parpadeando número por número.
Dentro había una memoria USB.
Documentos.
Y una fotografía.
Julian aparecía junto al doctor Barragán.
Pero también había un tercer hombre.
Lo reconocí.
El abogado personal de Grant.
Entonces escuché la voz de Julian detrás de mí.
—Sabía que terminarías metiendo la nariz donde no debías.
Me giré.
Estaba en la puerta.
Barragán a su lado.
Julian miró la memoria USB en mi mano.
—Dámela.
Retrocedí hacia la cama.
—No.
Sonrió.
—Tienes un bebé, Mariana.
Mi sangre se congeló.
—Sería una pena que algo te ocurriera y Leo terminara sin madre.
Entonces Grant abrió los ojos por completo.
Y por primera vez en dos meses, habló lo bastante alto para que todos lo escucháramos.
—Tócala… y te entierro yo.
Julian dejó de sonreír.
Porque Grant Sterling acababa de levantarse de la cama.
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