Alexander miró la grabadora como si pudiera explotar.
—¿Qué hay ahí?
El doctor Reed no respondió.
Yo sí.
—La verdad que nunca quisiste escuchar.
Presioné reproducir.
Primero se oyó mi propia voz.
Débil.
Confundida.
Después la de Eva.
Perfectamente clara.
—Si quieres que Alexander vuelva conmigo, tienes que desaparecer de su vida.
Alexander dejó de respirar.
La grabación continuó.
Mi voz respondió:
—Hoy no pienso discutir contigo.
Entonces Eva soltó una pequeña risa.
—No hace falta.
Un segundo después se escuchó el sonido de algo raspando piel.
Luego su voz.
—Esto será suficiente.
Alexander se puso pálido.
—No…
La siguiente parte era peor.
Eva practicando el llanto.
Ensayando frases.
—“Clara me atacó…”
Pausa.
—No, demasiado obvio.
Otra vez.
—“Yo no quería venir, pero tenía miedo…”
El mismo tono que había usado frente a él.
Alexander se agarró al borde de la cama.
—Dios mío.
Yo lo miré.
—Todavía falta.
La grabación cambió.
Se escuchó la puerta abrirse.
La voz de Eva.
Después la de Alexander.
Y finalmente los segundos exactos en que yo intenté explicarme.
—Hoy no salí de casa.
Luego el primer golpe.
Un grito.
El segundo.
Silencio.
Alexander cerró los ojos.
No podía escapar de aquello.
Por primera vez, estaba escuchando lo que había hecho sin que Eva estuviera allí para contárselo de otra manera.
Entonces el doctor Reed abrió la puerta.
Dos agentes entraron.
Alexander levantó la cabeza.
—¿Qué hacen aquí?
Uno de ellos mostró su placa.
—Señor Blackwood, necesitamos su declaración.
Después miró la grabadora.
—Y esa evidencia ya ha sido preservada.
Alexander palideció.
—¿Por qué?
—Porque la señora Sinclair fue detenida esta mañana.
Me quedé inmóvil.
—¿Eva?
El agente asintió.
—Intentó abandonar la ciudad.
Alexander se levantó de golpe.
—Quiero verla.
—No puede.
—¡Ella provocó todo esto!
El agente lo miró con frialdad.
—Ella mintió.
Luego señaló mis heridas.
—Pero usted sostuvo el cuchillo.
Alexander se quedó mudo.
Entonces el segundo agente habló.
—Además, encontramos algo en el teléfono de la señora Sinclair.
Sacó una carpeta.
—Mensajes entre ambos.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué mensajes?
El agente abrió la primera página.
—Los que demuestran que Eva llevaba meses planeando reemplazar a su esposa.
Alexander perdió todo el color del rostro.
Pero la última línea fue peor.
—Y uno de esos mensajes fue enviado por usted.
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