—Grant.
La voz de mi madre se acercaba.
June cerró mis dedos alrededor de la llave.
—No permitas que te la quite.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Eleanor Waverly apareció acompañada por dos abogados y cuatro hombres de seguridad.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Conociendo a mis hijos.
Su rostro cambió apenas un segundo.
Suficiente.
Ella ya sabía que existían.
Entré en la habitación 418.
Mara estaba pálida, agotada.
Dos incubadoras permanecían junto a ella.
Cuando me vio, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Grant…
Me acerqué a los bebés.
—¿Son míos?
Mara asintió.
—Nunca hubo nadie más.
Sentí que aquellas palabras me atravesaban.
—Entonces ¿por qué firmaste los documentos del divorcio?
—Porque tu madre amenazó con hacerte elegir entre mí y tu familia.
Eleanor entró detrás de mí.
—Está mintiendo.
Mara miró mi mano.
Vio la llave.
—June te la dio.
—¿Qué abre?
—La verdad.
Una hora después estaba en una bóveda privada del banco St. Catherine.
La llave abrió una caja registrada a nombre de un fideicomiso creado por mi abuelo.
Dentro había documentos originales.
Transferencias.
Grabaciones.
Y el supuesto informe que demostraba que Mara había robado dinero.
Solo que aquella versión tenía una diferencia.
Su firma no aparecía.
Había sido añadida después.
Entonces encontré el fideicomiso.
Mi abuelo había dejado el veintiséis por ciento del imperio Waverly a mis futuros hijos.
Mi madre solo conservaría el control mientras yo no tuviera descendencia.
Comprendí todo.
—Los bebés la expulsaban del poder.
June asintió.
Pero Mara había guardado algo más.
Una grabación.
La voz de Eleanor llenó la pequeña sala.
—Haz que parezca que Mara filtró los archivos. Grant creerá la evidencia antes que a ella.
Después habló un hombre.
—¿Y si descubre que está embarazada?
Mi madre respondió:
—Entonces asegúrate de que nunca llegue a contárselo.
Se me heló la sangre.
Reconocía aquella segunda voz.
Era Marcus Waverly.
Mi tío.
El hombre que había supervisado personalmente la investigación contra Mara.
Regresé al hospital.
Mi madre seguía allí.
Dejé la grabadora sobre la mesa.
—Se acabó.
Eleanor palideció.
—Grant, escucha…
—Tú destruiste mi matrimonio.
—Intenté proteger esta familia.
—Intentaste robarles a mis hijos.
Entonces Mara habló desde la cama.
—Grant, todavía no entiendes.
Sacó una fotografía escondida debajo de la almohada.
Mostraba a mi madre entregando dinero a un médico.
El mismo obstetra que meses atrás había informado a Mara que uno de nuestros bebés había muerto durante el embarazo.
Miré las dos incubadoras.
—Pero hay dos.
Mara empezó a llorar.
—Porque originalmente no eran dos.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué estás diciendo?
—Eran tres.
Eleanor retrocedió hacia la puerta.
Mara me agarró la mano.
—Grant, nuestro tercer hijo no murió.
Miré a mi madre.
Por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.
—Entonces ¿dónde está?
Eleanor no respondió.
Pero June sí.
—Su madre se lo llevó hace cuatro meses.
