PARTE 2: LA RECEPCIONISTA QUE ENTENDÍA CADA PALABRA

El señor Laurent me observó durante varios segundos.

Entonces sonrió.

—Por fin alguien que entiende lo que estamos diciendo.

Patricia palideció.

Me senté junto al director comercial y comencé a traducir.

Pero pronto descubrí que el problema no era solamente el idioma.

—Señor Laurent dice que existe una diferencia importante entre el contrato que recibió en París y el documento presentado hoy.

El director frunció el ceño.

—¿Qué diferencia?

Laurent señaló la cláusula diecisiete.

La leí.

Y sentí un escalofrío.

La versión francesa garantizaba exclusividad durante doce meses.

La nuestra decía cinco años.

—Eso no puede ser —dijo Patricia rápidamente—. Seguramente están confundidos.

Laurent respondió inmediatamente.

Traducí:

—Dice que no está confundido. Y que recibió personalmente la versión original.

Patricia me lanzó una mirada.

—Limítate a traducir.

—Eso estoy haciendo.

Laurent abrió su portátil.

Mostró varios correos.

Todos habían sido enviados desde la cuenta corporativa de Patricia.

El director dejó de sonreír.

—Patricia, ¿modificaste el contrato?

—¡Claro que no!

Entonces Laurent dijo algo que cambió completamente la reunión.

—Solicito que la señorita Martín revise también el anexo financiero.

Patricia golpeó la mesa.

—¡Ella es recepcionista!

Laurent arqueó una ceja.

—No.

Todos lo miramos.

—La conozco.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Laurent continuó en francés.

Cuatro años antes, mientras vivía en Lyon, yo había trabajado como traductora certificada para una consultora que participó en negociaciones de su grupo empresarial.

Incluso había traducido personalmente dos de sus contratos.

—¿Por qué nunca dijiste nada? —preguntó Laura.

La miré.

—Nunca preguntaron.

El silencio fue incómodo.

Revisé el anexo.

Y encontré algo peor.

Habían añadido una comisión del cuatro por ciento para una empresa intermediaria llamada PL International Consulting.

El director tomó el documento.

—¿Quién es PL?

Nadie respondió.

Laurent deslizó otro papel hacia mí.

Era el registro mercantil de la empresa.

Leí el nombre de la propietaria.

Patricia Li.

La sala explotó en preguntas.

Patricia se levantó.

—Esto es una locura.

Intentó recoger sus documentos.

Pero Laurent cerró la carpeta.

—Nuestra empresa no firmará nada hasta que esto sea investigado.

Tres millones de euros acababan de quedar congelados.

Patricia me señaló.

—¡Esto es culpa tuya!

La miré tranquilamente.

—Hace veinte minutos dijiste que yo no aportaba nada.

El director ordenó a seguridad impedir que Patricia abandonara el edificio con documentación corporativa.

Entonces Laurent se acercó a mí.

—Señorita Martín, necesito hablar con usted en privado.

Pensé que quería agradecerme.

Me equivoqué.

Sacó una vieja fotografía tomada en Lyon.

Yo aparecía junto a varios traductores.

Detrás de nosotros estaba un hombre al que reconocí inmediatamente.

Mi antiguo jefe.

Laurent señaló su rostro.

—Este hombre desapareció después de descubrir una red de contratos manipulados.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Laurent bajó la voz.

—La última investigación que realizó antes de desaparecer tenía un nombre.

Giró una carpeta hacia mí.

En la portada decía:

PL INTERNATIONAL CONSULTING.

Levanté la mirada hacia Patricia.

Ya no parecía enfadada.

Parecía aterrorizada.

Y entonces comprendí que quizá llevaba seis años trabajando como recepcionista para la mujer que había destruido mi antigua vida.

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