No llegué al ascensor.
—Espera.
La voz salió de la habitación.
Débil.
Ronca.
Pero era la voz de Guillermo.
Me detuve.
Después de mil noventa y cinco días esperando escucharla, descubrí que ya no quería hacerlo.
Me giré.
Guillermo tenía los ojos abiertos.
—Sofía…
—No pronuncies mi nombre.
Rafael cerró la puerta.
Guillermo intentó incorporarse.
Sus brazos temblaron, pero consiguió levantarse varios centímetros.
Otra mentira.
—Puedo explicarlo.
—Cinco millones para Valeria mientras tu familia me daba cinco mil al mes para limpiarte.
Bajó la mirada.
—No era como parece.
Saqué el teléfono.
—Entonces explícame esto ante mi abogado.
Su rostro cambió.
—No necesitas abogados.
Aquella frase confirmó que sí los necesitaba.
A la mañana siguiente presenté la solicitud de divorcio.
También exigí una auditoría completa de los bienes matrimoniales.
Tres días después, mi abogada encontró algo extraño.
Las transferencias a Valeria no procedían únicamente de las cuentas personales de Guillermo.
Parte del dinero había salido de Costa Capital.
Y varias operaciones llevaban mi firma.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sabemos —respondió ella—. Alguien falsificó tu autorización.
Pero había algo todavía más extraño.
Valeria no había gastado los cinco millones.
Los había depositado en una sociedad llamada SL Holdings.
—¿Qué significa SL?
Mi abogada giró la pantalla.
Sofía Lu Holdings.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Está a mi nombre?
—Legalmente, sí.
Esa tarde regresé al hospital acompañada por mi abogada.
Guillermo ya estaba sentado.
No fingía.
—¿Por qué transferiste dinero a una empresa registrada a mi nombre?
Por primera vez pareció realmente asustado.
—Yo no la creé.
—Entonces ¿Valeria?
—Tampoco.
Rafael, que revisaba un informe junto a la ventana, levantó lentamente la cabeza.
Guillermo lo miró.
Y comprendí algo.
Se conocían mejor de lo que yo creía.
—Rafael —dije—. ¿Qué estás ocultando?
El médico cerró la carpeta.
—Su accidente tampoco fue exactamente como le dijeron.
Guillermo palideció.
—Cállate.
Rafael ignoró la orden.
—La noche del accidente, Guillermo llevaba documentos que demostraban que alguien de la familia Costa estaba desviando millones.
—¡Rafael!
—Después despertó y decidió fingir que seguía inconsciente porque creía que intentarían matarlo otra vez.
Lo miré, incrédula.
—¿Y yo?
Guillermo no respondió.
—¿Me dejaste cuidarte durante años sin saber que también podía estar en peligro?
Entonces Rafael negó lentamente.
—Eso es lo peor.
Sacó un sobre de su carpeta.
—Sofía nunca fue un daño colateral.
Dentro había una fotografía tomada tres meses antes de nuestra boda.
Guillermo aparecía con Valeria.
Entre ambos estaba mi suegro.
Sobre la mesa había una carpeta con mi fotografía y mi historial completo.
En el reverso alguien había escrito:
“Cuando Sofía se case con Guillermo, podremos acceder al fideicomiso Lu.”
Me quedé helada.
—Yo no tengo ningún fideicomiso.
Rafael me miró.
—Eso es lo que la familia Costa necesitaba que usted creyera.
Y entonces Guillermo susurró:
—Sofía… yo no fui el único que fingió durante nuestro matrimonio.
—¿Quién más?
La puerta se abrió.
Valeria entró.
Me miró directamente.
—Tu madre.
