Guardé el teléfono.
—Sí —le dije al maestro de ceremonias—. Estamos listos.
Ethan soltó una risa.
—Emma, deja de actuar.
No respondí.
Bajé al salón.
Mis familiares ya ocupaban sus mesas, ajenos a la humillación que habían preparado para mí.
Entonces las puertas del hotel se abrieron.
Y entró Alexander Hayes.
El murmullo comenzó inmediatamente.
Traje negro.
Abrigo todavía cubierto por pequeñas gotas de lluvia.
Y en la mano, una caja de terciopelo.
Tres años antes, Alexander me había pedido que lo eligiera.
Yo elegí a Ethan.
Él nunca volvió a insistir.
Hasta esta noche.
Alexander se detuvo frente a mí.
—Me diste treinta minutos.
Miré el reloj.
—Llegaste en diecinueve.
—Había tráfico.
Casi me reí.
Entonces Ethan apareció detrás de nosotros.
Su expresión cambió al reconocerlo.
—¿Qué demonios haces aquí?
Alexander ni siquiera lo miró.
—Emma me llamó.
—Es mi prometida.
Esta vez fui yo quien respondió.
—No. Tú mismo dejaste claro que nunca hubo compromiso.
Los amigos de Ethan dejaron de sonreír.
Alexander abrió la pequeña caja.
Dentro había un anillo.
Me quedé inmóvil.
—¿Trajiste uno?
—Lo compré hace cuatro años.
El salón quedó en silencio.
—Nunca pude devolverlo.
Ethan avanzó.
—¿Crees que puedes aparecer y llevártela?
Alexander finalmente lo miró.
—No puedo llevarme a alguien que ya decidió irse.
Aquello golpeó a Ethan más fuerte que cualquier insulto.
Pero entonces Sofía apareció corriendo.
—¡Emma, espera!
Tenía lágrimas en los ojos.
—Hay algo que debes saber antes de hacer esto.
Sacó su teléfono.
Era el mensaje que había borrado minutos antes.
Esta vez me permitió leerlo.
Era una captura del chat privado de Ethan con sus amigos.
La apuesta no había terminado con la falsa fiesta.
Había una segunda parte.
Si Emma sigue conmigo después de esta noche, Ryan gana 20.000.
Sentí náuseas.
Pero debajo había otro mensaje.
De Ethan.
Tranquilos. Emma siempre vuelve.
Levanté la mirada.
Por primera vez, Ethan parecía inseguro.
Alexander extendió su mano.
No me presionó.
No dijo una palabra.
La tomé.
El maestro de ceremonias recibió el nuevo nombre.
Veinte minutos después, Alexander estaba frente a mí bajo las luces que yo misma había elegido durante un mes.
Pero justo antes de que pudiera arrodillarse, un hombre mayor entró apresuradamente en el salón.
Ethan palideció.
—Papá…
Su padre ignoró a su hijo.
Caminó directamente hacia Alexander.
Luego hacia mí.
—Emma Vale, no aceptes ese anillo todavía.
Alexander endureció la expresión.
—Señor Miller.
El padre de Ethan dejó una carpeta sobre nuestra mesa.
—La apuesta de mi hijo fue repugnante.
Me miró fijamente.
—Pero Alexander tampoco vino esta noche únicamente porque tú lo llamaste.
Abrí la carpeta.
Dentro había una fotografía de Alexander y el padre de Ethan reunidos hacía apenas dos semanas.
Y debajo, un contrato.
En la primera página aparecía mi nombre.
Alexander se acercó.
—Emma, puedo explicarlo.
Lo miré.
Hacía una hora había descubierto que mi compromiso era una mentira.
Ahora empezaba a comprender que el hombre que había venido a rescatarlo quizá también llevaba años ocultándome la verdad.
