Acomodé a la bebé de Olivia en su cuna y pulsé el botón de llamada.
—Necesito ayuda para alimentar a mi hija —dije.
Edward sonrió, satisfecho.
No vio que, cuando entró la enfermera, le mostré una nota en mi teléfono:
«Han intercambiado a las bebés y sus pulseras. No los deje salir».
La enfermera levantó la mirada.
—Antes de alimentarla, debemos verificar su identificación.
—Ya lo hicieron —interrumpió Edward.
—Tenemos que comprobarla otra vez.
Olivia recogió su bolso.
—Entonces las dejamos descansar.
—Espere —dije, acercándome a la cama—. La niña está demasiado cerca del borde.
Levanté a Isabella y la abracé.
Su llanto se convirtió en pequeños sollozos contra mi pecho.
Olivia extendió las manos.
—Esa es mi hija.
La enfermera se interpuso.
—Vamos a aclararlo. Nadie saldrá con ninguna bebé hasta entonces.
Edward me agarró del brazo.
—¿Qué les has dicho?
Miré sus dedos hasta que me soltó.
—Lo que vi desde la puerta.
Llegaron la supervisora y dos agentes de seguridad.
Me temblaban las piernas mientras relataba el cambio de pulseras.
Aun así, repetí cada palabra que había escuchado.
Edward negó todo.
Dijo que estaba agotada, confundida.
Entonces la supervisora revisó los números de las pulseras y pidió los registros del nacimiento.
—Las pulseras presentan señales de manipulación —dijo—. Separaremos a las niñas y verificaremos su identidad.
Olivia empezó a llorar.
—Edward dijo que tú aceptarías.
Mi esposo giró hacia ella.
—Cállate.
El silencio que siguió fue más terrible que un grito.
Aquella tarde, las niñas quedaron bajo vigilancia del hospital y se presentó una denuncia.
Las comprobaciones posteriores confirmaron lo ocurrido.
Isabella volvió conmigo.
La hija de Olivia recibió cuidados mientras las autoridades investigaban a su madre.
Ninguna de las dos tenía culpa.
Edward intentó acercarse antes de que me dieran el alta.
—Podemos arreglar esto, Emma.
Isabella dormía sobre mi pecho.
—Intentaste entregarla —respondí—. Y pensabas que yo viviría sin saberlo.
No encontré arrepentimiento en su rostro.
Solo miedo a perderlo todo.
Solicité el divorcio y medidas para proteger a mi hija.
Meses después, cuando quedó resuelta la documentación, sostuve su nuevo certificado entre las manos.
Isabella llevaba mi apellido.
Lo guardé junto al primero, aquel papel arrugado que conservaba las marcas de mis dedos.
Después fui a buscarla a su cuna.
Al verme, mi hija levantó los brazos.
Y esta vez nadie se interpuso entre nosotras.