El lunes me senté frente a Alanna Cho con una carpeta llena de documentos.
No lloré.
Le mostré la reserva de Helios Cove.
El itinerario.
Los correos.
Las fotografías.
Y después nuestras finanzas.
Alanna pasó casi una hora revisándolo todo.
—Celeste, antes de hacer cualquier cosa, necesito preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿La casa es de ambos?
Negué.
Mi abuela me la había dejado tres años antes de conocer a Thomas.
Aquello cambió su expresión.
—Entonces no abandones la propiedad. Y no le digas todavía que sabes lo de Olivia.
Seguí su consejo.
Durante los siguientes días, Thomas me enviaba fotografías cuidadosamente seleccionadas desde Londres.
Una sala de reuniones.
Un taxi.
Una taza de café.
Mientras tanto, Olivia publicaba el reflejo de un hombre en unas gafas de sol junto a una piscina griega.
Era Thomas.
Guardé todo.
Pero descubrí algo peor al revisar nuestras cuentas.
Durante catorce meses, Thomas había transferido pequeñas cantidades desde nuestra cuenta conjunta hacia una empresa llamada Beaumont Strategic Consulting.
En total, ciento ochenta y siete mil dólares.
Yo nunca había oído hablar de ella.
Alanna investigó.
La empresa pertenecía a Olivia.
La infidelidad dejó de ser el problema principal.
Thomas llevaba más de un año enviándole nuestro dinero.
El décimo día preparé dos maletas.
Una para mí.
Otra para Lily.
No huimos.
Nos mudamos temporalmente al apartamento de Priya mientras mi abogado preparaba la documentación.
Cuando Thomas aterrizó, me escribió:
“Ya llegué. ¿Quieres que lleve comida?”
No respondí.
Cuarenta minutos después llamó.
Una vez.
Cinco.
Doce.
Finalmente contesté.
—Celeste, ¿dónde están?
—Lily está conmigo.
—¿Por qué la casa está vacía?
—Porque ya no vivimos contigo.
Silencio.
Después soltó una risa nerviosa.
—¿Qué demonios significa eso?
—Pregúntale a Olivia.
La respiración de Thomas se detuvo.
—No sé de qué estás hablando.
—Helios Cove. Suite con terraza. Dos huéspedes.
No dijo nada.
Entonces escuché algo detrás de él.
Una voz femenina.
—Thomas, ¿qué ocurre?
Olivia.
Había regresado con él.
Cerré los ojos.
—Mi abogado te enviará los documentos mañana.
—Celeste, espera. Grecia no fue lo que parece.
—Claro.
—¡Lo hice porque quería que reaccionaras!
Aquella frase me dejó inmóvil.
—¿Qué?
—Últimamente parecía que ya no te importaba nada de lo que hacía. Quería saber si todavía podías sentir celos.
Miré a Lily, dormida en el sofá de Priya con su cuaderno de mariposas sobre el pecho.
—Entonces ya tienes tu respuesta.
Colgué.
Pero veinte minutos después Alanna llamó.
—Celeste, tenemos otro problema.
—¿Qué encontró?
—Thomas intentó refinanciar tu casa hace seis meses.
Me incorporé.
—No puede. La propiedad es mía.
—Lo sé.
Hubo una pausa.
—Por eso falsificó tu firma.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Para qué necesitaba el dinero?
—Eso es lo extraño. El préstamo nunca llegó a completarse.
Alanna me envió el documento.
En la solicitud aparecía una deuda que yo jamás había visto.
Más de setecientos mil dólares.
Beneficiaria: Beaumont Strategic Consulting.
Pero debajo figuraba algo todavía peor.
Una garantía adicional.
Un fideicomiso creado a nombre de Lily.
Mi hija tenía ocho años.
Y Thomas había intentado utilizar también su patrimonio.
Entonces llegó un mensaje suyo.
“Celeste, por favor. No firmes nada hasta que hablemos. Hay algo sobre Olivia que no entiendes.”
Segundos después apareció otro.
“Y hagas lo que hagas, no contactes con mi padre.”
Me quedé mirando la pantalla.
Thomas no hablaba con su padre desde hacía seis años.
O eso me había dicho.
Alanna llamó otra vez.
—Acabo de encontrar quién financió realmente esa empresa.
—¿Quién?
Su respuesta hizo que se me helara la sangre.
—El padre de Thomas.
Y según los registros, Olivia Marsh no volvió a aparecer en la vida de tu marido por casualidad.
Él lleva pagándole desde antes de que Thomas te conociera.
