—¿Quién es ella?
El hombre tardó demasiado en responder.
El bebé seguía dormido contra mi pecho.
—Se llamaba Elena Moretti.
Sentí un escalofrío.
Elena.
Elina.
—¿Era la madre de su hijo?
Asintió.
—Mi esposa.
—¿Dónde está?
Su mandíbula se tensó.
—Murió hace ocho meses.
Miré otra vez la fotografía.
—Nos parecemos demasiado.
Él se levantó.
—¿Cuál dijiste que era tu apellido?
—Valdez.
—¿Nombre completo?
—Elina Sofía Valdez.
Uno de sus guardaespaldas dejó de respirar.
El jefe de la mafia lo miró.
—Marco.
—Señor…
—Habla.
El hombre señaló mi cuello.
Llevaba el pequeño medallón que mi madre adoptiva me había entregado cuando cumplí dieciocho años.
—Ese collar pertenecía a Elena.
Instintivamente lo agarré.
—Imposible.
El jefe se acercó.
—Déjame verlo.
Abrí el medallón.
Dentro había una diminuta letra E.
Él palideció.
—Había dos.
—¿Dos qué?
—Medallones.
Sacó su teléfono.
Una fotografía mostraba a Elena cuando era niña.
A su lado había otra pequeña.
Idéntica.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Elena tenía una hermana gemela —dijo—. Desapareció cuando ambas tenían cuatro años.
El bebé se movió entre mis brazos.
—¿Está diciendo que soy esa niña?
—Estoy diciendo que necesitamos una prueba de ADN.
Entonces una copa cayó detrás de la barra.
Mi gerente estaba inmóvil.
Blanco como el mantel que sostenía.
—Señor Moretti…
Todos giramos hacia él.
—¿Qué sabes? —preguntó el mafioso.
El gerente retrocedió.
—Nada.
Pero ya era demasiado tarde.
Uno de los guardaespaldas encontró un sobre escondido detrás de la fotografía.
Dentro había documentos antiguos.
Certificados de nacimiento.
Registros de adopción.
Y una fotografía de dos niñas.
En la parte posterior alguien había escrito:
Elena y Elina Moretti.
Mi nombre.
El jefe cerró los ojos.
—Eres su hermana.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Entonces este bebé…
—Es tu sobrino.
Pero todavía quedaba una hoja.
Un informe médico fechado tres semanas antes de la muerte de Elena.
El jefe lo leyó.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué ocurre?
No respondió.
Le arrebaté el papel.
Prueba genética: incompatibilidad materna.
Miré al niño dormido contra mí.
—No entiendo.
El hombre tomó otra página.
Había dos nombres escritos bajo “posibles progenitores biológicos”.
El padre era él.
La madre no era Elena.
Era:
Elina Moretti.
Se me heló la sangre.
—Eso es imposible. Yo nunca tuve un hijo.
El bebé abrió los ojos.
Me miró.
Y volvió a aferrarse a mi ropa.
Entonces el jefe de la mafia susurró:
—Quizá por eso Elena murió intentando encontrarte.
