PARTE 2: El veneno de casa

—Saque a los niños de aquí —dije.

Nathan miró la rejilla.

—¿Qué has encontrado?

—Todavía no lo sé.

Tragué saliva.

—Pero no quiero que sigan respirándolo.

Entramos en el primer dormitorio.

Jacob estaba sentado junto a una caja de bloques, demasiado cansado para levantar la cabeza.

En la habitación contigua, Jonah dormía con una mano cerrada sobre la fotografía de su madre.

Nathan los envolvió en mantas.

Cuando Jacob apoyó la mejilla en su hombro, susurró:

—¿Hoy también me va a doler, papá?

Vi cómo Nathan apretaba los labios antes de contestar.

—Vamos a buscar ayuda.

Los acompañé hasta la terraza mientras él llamaba a una ambulancia y pedía que revisaran el sistema de ventilación.

La señora Bennett apareció detrás de nosotros.

Al ver las mantas, se detuvo.

—El doctor Reeves insiste en que permanezcan en sus habitaciones.

—El doctor Reeves ya no decide nada —respondió Nathan.

Ella bajó los ojos.

Entonces Jonah abrió los suyos.

—¿Podemos dormir afuera?

Me arrodillé junto a él.

—¿Por qué quieres dormir afuera?

—Porque aquí no está el perfume.

Nathan dejó de hablar por teléfono.

—¿Qué perfume, hijo?

Jonah señaló las ventanas del piso superior.

—El que ponen cuando apagamos la luz.

La señora Bennett retrocedió.

Nathan lo vio.

—¿Quién lo pone?

—Yo solo seguía instrucciones —murmuró ella.

Sus dedos temblaban contra el delantal.

—Decían que ayudaba a los niños a descansar.

Dos hombres de seguridad subieron al cuarto de mantenimiento.

Regresaron con un recipiente metálico conectado a un pequeño temporizador.

No había etiqueta.

Nathan ordenó que nadie lo tocara hasta que llegaran los investigadores.

Bennett comenzó a llorar.

—Reeves mandaba cambiarlo cada viernes.

El teléfono de Nathan vibró.

Un mensaje del médico iluminó la pantalla:

«No permitas que esa mujer abra el conducto».

Debajo llegó otro:

«Hay cosas sobre Rebecca que tus hijos no deben recordar».

Sentí frío pese al sol.

Jacob me agarró la muñeca.

—Mamá también decía que olía raro.

Nathan se arrodilló ante él.

—¿Cuándo?

El niño miró hacia la puerta.

—La noche que el doctor se llevó su coche.

Y entonces oímos girar una llave detrás de nosotros.

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