Cuando entré en la oficina, las conversaciones se apagaron una tras otra.
Camila estaba junto a la máquina de café.
Al verme con el traje negro, casi dejó caer su taza.
—Isa…
Sonreí.
—Buenos días.
Rafael apareció diez minutos después.
Entró directamente en mi despacho y cerró la puerta.
—Borra esa publicación.
—¿Por qué?
—Estás dañando mi reputación.
Solté una pequeña carcajada.
—Curioso. Anoche estabas bastante preocupado por destruir la mía.
Su expresión cambió.
—¿De qué hablas?
No respondí.
En lugar de eso, coloqué sobre la mesa los documentos del divorcio que mi abogada había preparado aquella mañana.
Rafael los miró.
Después se rio.
—¿Crees que puedes irte así?
—Sí.
—No tienes idea de cómo funciona esta empresa sin mí.
Aquello sí me hizo sonreír.
Rafael todavía creía que yo era una simple técnica.
Entonces llamaron a la puerta.
Entraron el director financiero, dos abogados y el presidente del consejo.
Rafael frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
El presidente dejó una carpeta delante de mí.
—Señora Moore, terminamos la auditoría que solicitó.
Rafael me miró.
—¿Qué auditoría?
Abrí la carpeta.
Durante dieciocho meses, Rafael había aprobado contratos inflados a tres empresas externas.
Dos estaban vinculadas a su madre.
La tercera pertenecía a Camila.
Más de 1,7 millones habían desaparecido.
—Esto es absurdo —dijo Rafael—. Isabella no tiene autoridad para ordenar una auditoría.
El presidente permaneció en silencio.
Yo me quité las gafas.
—En realidad, sí.
Tres años antes, mucho antes de casarme, había desarrollado el sistema de ciberseguridad que aquella compañía todavía utilizaba.
En lugar de aceptar dinero por completo, conservé participación accionaria.
Rafael jamás preguntó cuánto.
—Poseo el veintinueve por ciento —dije.
Su rostro perdió el color.
Entonces Camila apareció en la puerta.
Había escuchado suficiente.
—Rafael me dijo que esas transferencias eran legales.
Él se giró.
—Cállate.
—¡Me dijiste que Isabella nunca revisaría nada!
El silencio fue perfecto.
Saqué mi teléfono.
—Gracias, Camila.
Su propia confesión acababa de quedar grabada.
Pero todavía faltaba algo.
Mi programa había encontrado aquella mañana una carpeta cifrada dentro del ordenador doméstico de Rafael.
La abrí frente a los abogados.
Había fotografías.
Mensajes.
Un borrador de divorcio fechado seis meses atrás.
Y una solicitud para transferir mis acciones utilizando mi firma digital.
Falsificada.
Rafael dejó de respirar.
—Isa, puedo explicarlo.
—Claro.
Abrí el último archivo.
Entonces fui yo quien perdió la sonrisa.
No era un documento financiero.
Era un informe de vigilancia.
Sobre mí.
Mis horarios.
Mis llamadas.
Mis visitas a mis padres.
Y fotografías tomadas durante meses.
—¿Quién hizo esto? —pregunté.
Rafael no respondió.
Camila sí.
—Yo no sabía que también te vigilaban.
—¿También?
Se tapó la boca demasiado tarde.
Me acerqué.
—¿A quién más?
Camila comenzó a temblar.
—A Rafael.
Él la miró horrorizado.
—¿Qué acabas de decir?
Camila retrocedió.
—La foto de la playa no fue idea mía.
La habitación quedó inmóvil.
—Entonces ¿de quién?
Camila miró hacia el pasillo.
—De tu suegra, Isabella.
Sentí frío.
Pero ella negó rápidamente.
—No entiendes. Tu suegra no quería solamente provocar el divorcio.
Señaló la carpeta.
—Lleva tres años intentando conseguir tus acciones.
Rafael palideció.
—Mi madre ni siquiera sabía que Isabella tenía acciones.
Camila lo miró.
—Sí lo sabía.
Hizo una pausa.
—Porque fue ella quien me pagó para acercarme a ustedes antes de que se casaran.
