—Patricia, esa llave ya no abre porque esta casa nunca perteneció a su hijo.
El silencio al otro lado del intercomunicador duró apenas dos segundos.
Después comenzó a golpear la puerta.
—¡DIEGO!
Diego apareció detrás de mí, todavía en bata.
—¿Qué has hecho?
Giré la pantalla del portátil hacia él.
Allí estaba la escritura.
Propietaria única: Valeria Montes.
Su rostro perdió color.
—Eso ya lo sabía.
—Tú sí.
Miré hacia la cámara exterior.
—Tu madre no.
Patricia seguía gritando.
Pero aquella era apenas la primera consecuencia.
Mi abogado había activado la cláusula de separación patrimonial firmada antes de nuestra boda.
La casa era mía.
Los vehículos estaban a nombre de mi sociedad.
Y la tarjeta que Patricia llevaba meses utilizando pertenecía a una cuenta empresarial de la que acababa de retirar a Diego como autorizado.
Él se acercó.
—Valeria, podemos hablar.
—Anoche tuviste oportunidad.
Mi teléfono vibró.
Era mi director financiero.
Habían terminado la revisión que solicité de madrugada.
Abrí el informe.
Y dejé de sonreír.
Durante dieciocho meses, Diego había realizado transferencias desde una cuenta secundaria de mi empresa.
Pequeñas cantidades.
Lo bastante discretas para confundirse entre cientos de movimientos.
El total superaba los novecientos mil euros.
—¿Qué es esto?
Diego miró la pantalla.
Retrocedió.
—Puedo explicarlo.
—Entonces empieza.
Patricia dejó de golpear cuando mencioné la cantidad por el intercomunicador.
Eso me llamó la atención.
—¿Ella lo sabe?
Diego guardó silencio.
Abrí el detalle de los beneficiarios.
Hoteles.
Joyas.
Un apartamento en Salamanca.
Y una sociedad llamada DP Gestión Patrimonial.
Sus administradores eran Diego y Patricia.
Sentí algo mucho más frío que rabia.
—Me estaban robando.
—No era así.
—¿Cómo lo llamarías?
Diego se pasó las manos por el rostro.
—Necesitaba demostrarle a mi familia que yo había construido esta vida.
Finalmente entendí.
La mansión.
Los coches.
Los viajes.
Patricia creía que todo procedía de su hijo porque Diego llevaba años atribuyéndose mis logros.
Entonces apareció otro documento.
Una póliza.
Tres millones de euros.
Sobre mi vida.
Beneficiario: Diego.
Contratada seis meses atrás.
—Valeria…
Levanté una mano.
—No hables.
Había algo peor.
La póliza incluía un informe médico sobre mí que jamás había visto.
Según aquel documento, yo sufría episodios de ansiedad severa, abuso de sedantes y conductas potencialmente autodestructivas.
Todo falso.
Excepto la firma del médico.
Reconocí el nombre.
Doctor Álvaro Serrano.
El mejor amigo de Diego.
Sonó el timbre.
Mi abogado había llegado acompañado por dos agentes.
Diego palideció.
Pero Patricia comenzó a gritar desde fuera:
—¡No puedes denunciar a tu propio marido por dinero que también es suyo!
Mi abogado se detuvo.
—Curiosa elección de palabras.
Patricia comprendió demasiado tarde su error.
Entonces mi teléfono recibió un mensaje del banco.
Habían localizado un intento de transferencia de tres millones realizado aquella misma madrugada.
La orden se había emitido a las 2:13.
Mientras yo estaba despierta en el salón.
Mientras Diego supuestamente dormía arriba.
Pero la autorización no llevaba su firma.
Llevaba la mía.
Perfectamente falsificada.
Miré a Diego.
Él negó lentamente.
—Valeria, te juro que esa transferencia no fui yo.
Por primera vez desde que todo había empezado, le creí.
Porque desde la cámara exterior vi a Patricia dejar de gritar.
Y empezar a correr.
