Marcus apareció en la cocina con el teléfono en la mano y la cara roja.
—¿Publicaste mis mensajes en el grupo de trabajo?
—Publiqué la verdad.
—¡No tenías derecho! ¡Podrían despedirme!
Miré a Noah, que había dejado de comer.
—No grites delante de él.
Marcus bajó la voz, pero no la rabia.
—Borra todo ahora. Si sigues con esto, pediré la custodia y contaré que estás desequilibrada.
Durante años, esa amenaza habría bastado para hacerme callar. Esa mañana solo miré la pantalla de su teléfono, todavía llena de llamadas.
—Las capturas ya están guardadas fuera de tu teléfono. No puedes borrarlas.
Se quedó quieto.
—¿Qué quieres?
—Que no vuelvas a mentirme y que dejes de usar a Noah para asustarme.
Él miró a nuestro hijo. Por un segundo pareció recordar que estaba allí. Después tomó las llaves y salió sin terminar la discusión.
Llevé a Noah a la escuela. En el camino me preguntó si su padre se iría de casa.
—Los adultos resolveremos esto —le dije—. Tú no tienes la culpa de nada.
Apenas volví, llamé a una abogada. Le expliqué lo de los mensajes, las transferencias y las amenazas. Me pidió que conservara todo y revisara las cuentas a las que aún tenía acceso.
Al abrir la cuenta de ahorros familiar, sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
El saldo estaba casi en cero.
Había una transferencia de 86.000 dólares, enviada dos días antes a una empresa registrada a nombre de Vanessa.
Entonces entró una llamada de un número desconocido.
—¿Elena? Soy Richard Cole, el esposo de Vanessa.
No supe qué decir.
—Vi lo que publicaste. No te llamo para defenderla —continuó—. Llevo meses revisando nuestras cuentas. Marcus no solo le mandaba dinero. Usó datos tuyos para abrir una línea de crédito.
Me senté lentamente.
—¿Qué datos?
Richard guardó silencio un instante.
—Los de tu hijo. La cuenta de ahorros para sus estudios está a nombre de Noah.
Miré la pantalla. Junto a la transferencia aparecía una referencia que no había visto antes: Fondo educativo de Noah.
Y debajo, una segunda operación pendiente. El beneficiario era otra vez Vanessa.