PARTE 2: La mujer que conocía el expediente

—Que pase —ordené.

Prescott abrió la boca para protestar, pero vio mi expresión y salió a buscarla.

La mujer entró con un abrigo demasiado fino y zapatos empapados. No miró las obras de arte ni los guardias. Miró el pasillo que llevaba a la sala médica.

—Me llamo Mara Velez —dijo—. Fui enfermera de oncología pediátrica.

—¿Y cómo sabe que mis hijos están enfermos?

Mara sacó de su bolso una carpeta abollada.

—Porque trabajé en el hospital que recibió sus muestras para una evaluación de terapia celular. Hace seis meses, alguien canceló la derivación antes de que el comité pudiera revisarla.

—El doctor Yates nunca mencionó una derivación.

—Lo sé. El expediente dice que usted retiró el consentimiento.

Sentí que la rabia me volvía a la sangre.

—Yo no firmé nada.

Mara abrió la carpeta. La copia llevaba mi nombre y una firma que parecía mía a primera vista. Sin embargo, yo reconocí el pequeño corte en la línea final: un error que había dejado de cometer hacía años.

—Esto es falso.

—Por eso vine. La muestra de Jonah y Blythe coincidía con un protocolo que aún podía evaluarlos. No garantizaba nada, pero les daba una posibilidad. Cuando denuncié la cancelación, me despidieron y me acusaron de robar documentos.

Prescott se acercó.

—¿Por qué no fue a la policía?

Mara sostuvo su mirada.

—Lo hice. La investigación se cerró antes de empezar.

Volví a mirar la firma. El documento tenía una segunda rúbrica en la esquina, la de quien había validado mi supuesta decisión.

La reconocí.

Era de Prescott.

Él palideció.

—Señor Mercer, yo solo procesé lo que me entregaron. Me dijeron que usted había firmado.

—¿Quién?

Mara deslizó otra hoja sobre el escritorio. Era un registro de acceso al expediente: fecha, hora y usuario.

El usuario pertenecía a alguien que había entrado en la mansión la noche en que Genevieve murió.

—¿Quién fue? —pregunté.

Mara bajó la voz.

—La persona que pidió cancelar la evaluación también ordenó que destruyeran la muestra compatible.

Prescott miró el nombre en la pantalla y retrocedió un paso.

Antes de que pudiera leerlo, sonó la alarma de la sala médica.

Un médico apareció en la puerta.

—Señor Mercer, venga. Jonah acaba de despertar y pregunta por alguien.

—¿Por quién?

El médico me miró, desconcertado.

—Por la mujer que vino a salvarlo.

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