PARTE 2: La mujer que Dominic nunca conoció

A las nueve y cuarenta, mi coche se detuvo frente al Meridian.

No llevaba mi anillo.

El vestido negro que había guardado durante años era sencillo, elegante y completamente mío.

En cuanto crucé la entrada, un hombre de cabello gris se acercó.

Richard Mercer.

No lo veía desde el funeral de mi padre.

—Evelyn —dijo—. Pensé que quizá no vendrías.

—Yo también.

Richard ofreció su brazo.

—Entonces hagamos que haya valido la pena.

Entramos juntos.

Las conversaciones comenzaron a apagarse.

Al otro lado del salón, Dominic sostenía una copa junto a Vanessa.

Cuando me vio del brazo de Richard, dejó de sonreír.

Vanessa susurró algo.

Dominic ya caminaba hacia nosotros.

—Evelyn, ¿qué haces aquí?

Richard respondió antes que yo.

—La invité.

Dominic se quedó rígido.

—¿Usted conoce a mi esposa?

Richard lo observó con una expresión imposible de leer.

—Conocía a Evelyn mucho antes de conocerlo a usted.

Sentí decenas de miradas sobre nosotros.

Dominic bajó la voz.

—Podemos hablar en privado.

—Mañana —respondí—. Después de recoger mis cosas.

Por primera vez pareció comprender que había aceptado el divorcio.

Eso lo inquietó más que cualquier escena.

Entonces Richard subió al escenario.

—Antes de comenzar —anunció—, quiero presentar a la nueva presidenta de la Fundación Mercer.

Escuché aplausos.

Richard extendió una mano hacia mí.

—Evelyn.

Dominic casi dejó caer su copa.

Subí al escenario.

Richard continuó:

—Hace veintidós años, mi socio más cercano creó una estructura patrimonial destinada a su única hija.

Mi corazón se aceleró.

—Mi padre murió sin dejarme nada —susurré cuando bajamos.

Richard negó lentamente.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Me condujo a una sala privada.

Sobre la mesa había una carpeta.

Dentro aparecía el nombre de mi padre.

Thomas Bennett.

Después, el mío.

Y finalmente una empresa que conocía demasiado bien.

Vale Maritime Holdings.

La compañía de Dominic.

—No entiendo.

Richard señaló varias páginas.

—Tu padre aportó el capital que permitió salvar esa empresa cuando Dominic apenas comenzaba.

—Eso fue hace quince años.

—Exactamente.

Sentí frío.

Quince años evitando deberle algo a Richard.

Pero Dominic había construido su imperio sobre una deuda que jamás supo que existía.

—¿Cuánto pertenece al fideicomiso?

Richard permaneció en silencio demasiado tiempo.

—Lo suficiente para que Dominic necesite tu aprobación en determinadas operaciones importantes.

La puerta se abrió violentamente.

Dominic entró.

—¿Qué demonios está pasando?

Detrás de él venía Vanessa.

Pero cuando vio la carpeta, Vanessa se detuvo.

Su rostro palideció.

Richard también lo notó.

—Señorita Quinn —dijo—. Parece reconocer estos documentos.

Vanessa retrocedió.

Dominic la miró.

—¿Qué sabes?

Ella negó demasiado rápido.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un correo automático de mi abogado.

Un documento había sido presentado aquella tarde utilizando mi firma electrónica.

Lo abrí.

Era una renuncia completa a cualquier derecho relacionado con Vale Maritime.

—Dominic.

Le mostré la pantalla.

—¿Tú hiciste esto?

Su expresión cambió.

—Nunca había visto ese documento.

Vanessa dio otro paso hacia la puerta.

Richard cerró la carpeta.

—Entonces tenemos un problema mayor.

Señaló la hora de presentación.

7:18 p. m.

Seis minutos después de que Dominic me dijera que quería divorciarse.

Y el acceso digital utilizado para firmarlo pertenecía a la oficina de Vanessa.

Dominic giró lentamente hacia ella.

—¿Qué hiciste?

Vanessa comenzó a llorar.

—Yo no tenía elección.

—¿Quién te obligó?

Ella me miró a mí, no a Dominic.

—La persona que me contrató nunca quiso destruir su matrimonio.

Tragó saliva.

—Quería sacar a Evelyn del ático antes de medianoche.

Richard perdió el color.

—¿Por qué antes de medianoche?

Vanessa señaló la carpeta de mi padre.

—Porque esta noche se cumplen exactamente veinticinco años desde que se creó ese fideicomiso.

Y a medianoche, Evelyn no solo recuperará el control de su herencia.

—¿Qué más? —pregunté.

Vanessa respiró temblorosamente.

—Descubrirá quién lleva todos estos años fingiendo que su padre está muerto.

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