PARTE 2: El niño que no llegó por accidente

—¿Qué encontraste? —pregunté.

Mi jefe de seguridad cerró la puerta.

—Tommy no entró al edificio por la entrada principal.

—Entonces ¿cómo llegó treinta pisos arriba?

—Eso intento explicarle.

Colocó una tableta frente a mí.

Las cámaras mostraban a Tommy entrando por el estacionamiento subterráneo a las cinco y cuarenta y siete de la mañana.

Pero no estaba solo.

Una mujer mayor lo acompañaba.

—¿Su abuela?

—Eso pensé.

La imagen se amplió.

La reconocí.

Elena Martínez.

Había trabajado como empleada de limpieza en mi antiguo edificio corporativo hacía casi veinte años.

Y una noche me había salvado la vida.

Yo tenía veintiséis años cuando un incendio atrapó a varias personas en el piso dieciocho.

Elena había encontrado mi cuerpo inconsciente y me había arrastrado hasta las escaleras.

Después desapareció antes de que pudiera agradecerle adecuadamente.

—Encuéntrala —ordené.

El guardia negó lentamente.

—Ya está abajo.

Cuando llegué al vestíbulo, Elena estaba sentada entre dos agentes de seguridad.

Parecía veinte años mayor.

—Señor Morgan —susurró.

—¿Por qué mandó a Tommy arriba?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo no lo mandé.

Tommy apareció corriendo detrás de mí.

—¡Abuela!

Elena lo abrazó.

Entonces comprendí algo.

—Tommy dijo que necesitaba tierra para enterrar a su madre y a su hermana.

Elena cerró los ojos.

—Eso es lo que él cree.

Tommy dejó de moverse.

—¿Qué?

La anciana comenzó a llorar.

—Tu hermana murió, cariño.

Hizo una pausa.

—Pero tu mamá todavía está viva.

El niño palideció.

—Me dijiste que había muerto.

—Porque alguien me obligó.

Sentí que la habitación se enfriaba.

—¿Quién?

Elena abrió su bolso y sacó una carpeta arrugada.

Dentro había avisos médicos, fotografías y documentos legales.

Todos llevaban el logotipo de Morgan Urban Development.

Mi empresa.

—Las Sombras están construidas sobre terrenos que su compañía compró hace seis meses —dijo Elena—. Después comenzaron los desalojos.

No sabía nada de aquello.

—Yo nunca aprobé ese proyecto.

—Su firma está aquí.

Me entregó una autorización.

Era mi firma.

O una imitación perfecta.

María llegó segundos después.

Miró el documento y perdió el color.

—Alexander, esto salió de nuestra oficina.

—¿Quién autorizó la compra?

Ella revisó el código interno.

—El director de operaciones.

Mi hermano, Gabriel.

Sentí un golpe en el pecho.

Elena sacó entonces una fotografía.

Mostraba a la madre de Tommy en una cama de hospital.

Viva.

—¿Dónde está?

—En una clínica privada.

—¿Por qué Tommy cree que murió?

Elena miró al niño y bajó la voz.

—Porque su madre descubrió por qué tantas personas de Las Sombras estaban enfermando.

Tomé la fotografía.

—¿Qué descubrió?

—Que el terreno está contaminado.

María se quedó inmóvil.

Elena continuó:

—Y alguien necesitaba desalojar a todos antes de que aparecieran las pruebas.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Gabriel.

“Sé que encontraste al niño.”

Miré inmediatamente hacia las cámaras.

¿Cómo podía saberlo?

Llegó otro mensaje.

“Déjalo ir, Alexander. Esto no tiene nada que ver contigo.”

Después apareció una fotografía.

La madre de Tommy estaba sentada en una habitación desconocida sosteniendo el periódico de aquella mañana.

Estaba viva.

Debajo había una última frase:

“Si quieres que siga así, no lleves al niño a Las Sombras.”

Tommy tiró suavemente de mi manga.

—Señor Morgan…

Miré hacia abajo.

Había sacado algo del interior de su cubo roto.

Una pequeña llave.

—Mamá me dijo que si alguna vez llegaba hasta usted, tenía que darle esto.

En la llave estaba grabado el número 1807.

María dejó escapar un susurro.

—No puede ser.

—¿Qué?

Me miró aterrorizada.

—1807 era la caja de seguridad privada de su padre.

Mi padre llevaba muerto diecisiete años.

Y, de repente, comprendí que Tommy jamás había subido treinta pisos solamente para robar tierra.

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