Samuel dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Necesito ver la hipoteca.
Le entregué las copias que había conseguido del registro.
Leyó durante varios minutos.
Entonces señaló una página.
—Esta autorización lleva tu firma.
—No es mía.
—¿Puedes demostrarlo?
Saqué mi teléfono.
—Ese día estaba en Boston acompañando a mi padre durante una cirugía.
Samuel sonrió sin humor.
—Entonces Nathan tiene un problema serio.
Pidió inmediatamente una copia certificada del expediente completo.
Llegó una hora después.
La villa había garantizado un préstamo de ocho millones de dólares.
Pero el dinero no había entrado en ninguna cuenta de Nathan.
Había sido transferido a una sociedad llamada CR Holdings.
—¿Conoces esta empresa? —preguntó Samuel.
Negué.
Él buscó los registros corporativos.
Treinta segundos después, giró la pantalla hacia mí.
Administradora: Claire Reynolds.
Sentí algo frío en el pecho.
Nathan no solo había pasado noches con su secretaria.
Había utilizado mi propiedad para financiarla.
—Congela todo lo que legalmente podamos disputar —dije.
Samuel asintió.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Nathan.
Esta vez contesté.
—Elena, ¿dónde estás?
—Con mi abogado.
Silencio.
—¿Por ese ridículo divorcio?
—También por la villa.
Su respiración cambió.
—Podemos hablar de eso.
—Perfecto. Habla con Samuel.
Colgué.
Menos de veinte minutos después, Nathan apareció en el bufete.
Claire venía detrás.
—Elena —dijo él—, la hipoteca fue temporal.
Samuel se levantó.
—Con una autorización que mi clienta afirma no haber firmado.
Claire palideció.
Nathan la miró rápidamente.
Demasiado rápidamente.
Samuel también lo notó.
—¿Quién preparó los documentos?
Nathan no respondió.
Claire sí.
—El departamento financiero.
—Curioso —dijo Samuel—. Porque el préstamo terminó en una empresa administrada por usted.
El silencio se volvió pesado.
Claire bajó la mirada.
Entonces Nathan hizo algo que no esperaba.
—Claire, sal.
—Nathan…
—Ahora.
Cuando estuvimos solos, él se sentó frente a mí.
—Elena, CR Holdings no pertenece realmente a Claire.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces a quién?
—No puedo explicarlo todavía.
Samuel deslizó otro documento sobre la mesa.
—Tal vez esto ayude.
Era el expediente de constitución de CR Holdings.
La empresa había sido creada cuatro años atrás.
Un año antes de mi matrimonio.
Había un beneficiario final registrado mediante un fideicomiso privado.
Samuel señaló el nombre.
Morrison Family Trust.
Mi apellido.
—Eso es imposible.
Mi padre nunca me había mencionado aquel fideicomiso.
Entonces Samuel recibió otro archivo.
Lo abrió.
Su expresión cambió.
—Elena…
—¿Qué?
Giró la pantalla.
La villa no era el único activo relacionado con aquel fideicomiso.
Había participaciones empresariales.
Bonos.
Propiedades.
Y una participación del diecisiete por ciento en Hale Group.
Miré a Nathan.
Él ya no parecía enfadado.
Parecía preocupado.
—¿Lo sabías?
No respondió.
—Nathan.
Finalmente levantó los ojos.
—Lo descubrí hace dieciocho meses.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Y por eso hipotecaste mi villa?
—No.
Su voz bajó.
—La hipoteca fue la única manera que encontré de seguir el dinero sin alertar a quien llevaba años moviendo tus activos.
Samuel se inclinó hacia delante.
—¿Quién?
Nathan miró hacia la puerta por la que Claire acababa de salir.
—Tu padre.
Mi teléfono vibró en ese instante.
Era mamá.
Contesté.
No saludó.
Solo dijo:
—Elena, no vuelvas a casa.
Me incorporé.

—¿Qué ocurre?
Escuché su respiración temblorosa.
—Tu padre acaba de enterarse de que estás investigando el fideicomiso.
Hubo un golpe al otro lado de la llamada.
Después la comunicación se cortó.