PARTE 2: El caso que Gabriel jamás imaginó que yo descubriría

Tres años después, el aeropuerto parecía demasiado pequeño para contener todo lo que había quedado entre nosotros.

Gabriel seguía frente a mí.

—Inés… ¿de verdad no me odias?

—No.

Su expresión se quebró aún más.

—Entonces quizá todavía podamos hablar.

Negué suavemente.

—Perdonar no significa regresar.

En ese momento, alguien me llamó desde detrás.

—Profesora Salazar, el coche nos espera.

Gabriel levantó la vista.

El hombre que se acercaba era Daniel Mercer, socio director del bufete internacional donde yo trabajaba desde hacía dos años.

—¿Profesora? —repitió Gabriel.

—Inés dirige nuestro departamento de litigios transnacionales —explicó Daniel—. Además enseña en Columbia.

Gabriel me miró como si estuviera conociéndome por primera vez.

Pero aquello no fue lo que realmente lo hizo palidecer.

Daniel llevaba una carpeta.

En la portada aparecía un nombre.

Camila Robles.

Gabriel lo vio.

—¿Por qué tienes eso?

Daniel me entregó el expediente.

—Porque la audiencia preliminar se adelantó.

Abrí la carpeta.

Camila estaba siendo investigada por manipulación de pruebas y falsificación documental en varios litigios ocurridos durante los últimos cinco años.

Entre ellos estaba el caso de mi padre.

Gabriel dio un paso hacia mí.

—¿Qué acabas de decir?

Lo miré.

—Nunca te conté por qué regresé.

Saqué una copia de un informe pericial.

—Hace cuatro meses descubrimos que una de las pruebas decisivas contra mi padre había sido alterada.

El rostro de Gabriel perdió todo color.

—Eso es imposible.

—Eso pensé.

Pasé otra página.

—Hasta que apareció la firma digital de Camila.

Gabriel negó con la cabeza.

—Ella ni siquiera trabajaba oficialmente en ese caso.

—Exactamente.

Su respiración se volvió irregular.

Entonces comprendió algo.

—La noche antes del juicio…

—Cuando Camila fue a convencerte de abandonarlo.

Gabriel se apoyó contra una columna.

—¿Ella sabía?

—Eso intenta determinar el tribunal.

No iba a convertir una sospecha en una sentencia.

Había aprendido demasiado sobre justicia para hacerlo.

Entonces Gabriel murmuró:

—Yo la defendí después.

—Lo sé.

Le mostré otro documento.

Su nombre figuraba como representante legal de Camila en el procedimiento donde varias de aquellas pruebas habían desaparecido del archivo original.

Gabriel me miró horrorizado.

—Yo nunca supe de esto.

—Puede ser.

Cerré la carpeta.

—Pero tampoco quisiste saber demasiado cuando se trataba de mi padre.

Antes de que pudiera responder, una mujer apareció entre la multitud.

Camila.

Se detuvo al verme.

Después vio el expediente.

Su rostro cambió.

—Gabriel —dijo inmediatamente—, no hables con ella.

Gabriel giró lentamente.

—¿Sabías que las pruebas contra el padre de Inés habían sido manipuladas?

—Claro que no.

—Mírame y repítelo.

Camila guardó silencio.

Entonces Daniel recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos y me entregó el teléfono.

Era el investigador del caso.

—Señora Salazar, acabamos de recuperar un archivo eliminado del antiguo servidor de Fuentes & Asociados.

Sentí que el pulso se me aceleraba.

—¿Qué contiene?

—Un correo enviado la noche anterior al juicio de su padre.

Miré a Camila.

Ella ya estaba retrocediendo.

—¿Quién lo envió?

El investigador respondió:

—Camila Robles.

—¿A quién?

Hubo una pausa.

—A Gabriel Fuentes.

Me quedé completamente quieta.

Gabriel también lo había escuchado.

—Eso no puede ser —susurró.

La voz continuó desde el teléfono.

—El asunto del correo dice: “El verdadero motivo por el que debes abandonar el caso Salazar”.

Gabriel cerró los ojos.

Yo no.

Porque después de tres años creyendo que conocía la razón por la que mi prometido había abandonado a mi padre, acababa de descubrir que todavía me faltaba la parte más importante de la historia.

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