Entramos al estudio de Claire.
Ella acostó a mi madre en el sofá y le acomodó una manta sobre las piernas.
—Ahora cuéntale —dijo con suavidad.
Margaret miró mis manos.
—Vanessa se quedó con mi teléfono hace tres meses.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Por qué?
—Dijo que yo olvidaba las cosas y que ella contestaría tus mensajes por mí.
Miré el último mensaje que había recibido.
“Tu madre está perfectamente.”
Mi esposa lo había escrito.
—¿Y por qué no me llamaste desde el teléfono de Claire?
Mi madre bajó los ojos.
—Vanessa dijo que si te preocupaba, dejarías el trabajo y perderías tu oportunidad. No quería que me culparas otra vez por tus problemas.
No pude responder.
Claire se sentó enfrente de mí.
—La encontré en la calle, después de que se cayera camino a la farmacia. Tenía fiebre y no llevaba dinero ni teléfono.
—¿Por qué no me avisaste?
—Lo intenté. Vanessa contestó y me dijo que dejara de meterme en una familia que ya no era la mía.
El silencio que siguió me pesó más que cualquier reproche.
—¿Qué pasó con la pierna de mamá?
Margaret se aferró a la manta.
—Me caí en casa. Vanessa dijo que no hacía falta ir al hospital.
—¿Y la dejaste así?
—No sabía que estaba rota hasta que Claire me llevó a la clínica.
Me levanté, incapaz de quedarme quieto.
Entonces mi teléfono vibró.
El nombre de mamá apareció en la pantalla.
Margaret lo miró y empezó a temblar.
Abrí el mensaje.
“Dile a Daniel que no vuelva a casa. El notario viene mañana y ya está todo arreglado.”
—¿Qué notario? —pregunté.
Claire sacó una carpeta de un cajón.
Dentro había una copia de un poder legal para vender la casa de mi madre.
La firma parecía auténtica.
Pero Margaret negó con la cabeza.
—Yo nunca firmé eso.
Volví a mirar el mensaje y sentí que la sangre se me helaba.
Vanessa no solo había estado fingiendo ser mi madre.
También estaba vendiendo su casa usando un documento que ella jamás había firmado.
Entonces Claire señaló la última página.
El testigo que certificaba la firma era mi propio nombre.