Rodrigo me escribió desde el número de una enfermera a la que ambos conocíamos.
No entiendo por qué hiciste esto sin hablar conmigo.
No respondí. Valeria ya tenía instrucciones de comunicarse con su abogado. Yo seguía recuperándome y necesitaba energía para cosas tan sencillas como subir las escaleras de mi nuevo edificio.
Dos días después, el hospital me entregó una copia completa de mi expediente médico. Había solicitado mis propios documentos antes del alta, pero una página faltaba en la primera entrega. Estaba fechada la noche de mi segunda cirugía.
En ella figuraba una llamada a Rodrigo como mi contacto de emergencia. Había contestado.
Leí el registro tres veces. La médica de guardia le explicó que mi estado era grave y que no sabían si volvería a quirófano. Rodrigo confirmó que había entendido la información.
No había estado demasiado ocupado para saberlo.
Me senté en el suelo del departamento, con el papel apoyado sobre las rodillas. Durante un mes había imaginado explicaciones para su ausencia. No esperaba encontrar la confirmación de que conocía el riesgo desde el principio.
Valeria leyó la página conmigo al día siguiente.
—Tienes derecho a sentirte traicionada —dijo—. Podemos pedir al hospital que aclare cómo se comunicaron contigo y con él. La decisión sobre el divorcio sigue siendo tuya.
—Ya la tomé.
Rodrigo apareció una tarde frente al despacho de Valeria. Ella salió a hablarle primero y, cuando le dije que estaba dispuesta a escucharlo unos minutos, permaneció cerca.
Él me vio y bajó la mirada. Había adelgazado; yo también.
—Sé que leíste la nota —dijo.
—Entonces sabes por qué necesito preguntarte algo. Cuando te dijeron que podía morir, ¿por qué no llamaste?
Tardó tanto en responder que pensé que se marcharía.
—Me asusté —admitió—. Estaba trabajando con esos médicos y pensé que, si iba a tu habitación, tendría que aceptar lo grave que era. Después me dio vergüenza haber tardado. Cada día fue más difícil subir.
Era una explicación terrible. Tal vez también era la verdad.
—Yo estaba asustada todos los días —le dije—. Y no podía alejarme de lo que estaba pasando.
Rodrigo se cubrió el rostro con una mano. Cuando volvió a mirarme, no me pidió que retirara la demanda.
El divorcio siguió adelante. Dividimos el departamento como había propuesto y recogí mis últimas cosas mientras él estaba fuera. Conservé el expediente, pero dejé de abrirlo por las noches buscando una respuesta distinta.
Meses después pude caminar varias cuadras sin detenerme a descansar. Una tarde entré en una librería, compré una novela y me senté a leerla en el parque. Mi teléfono sonó: era Valeria para avisarme que el trámite había concluido.
Le di las gracias, guardé el móvil y volví a la página que tenía entre las manos. La lluvia empezaba a caer, ligera, sobre los árboles. Cerré el libro y caminé a casa por mi cuenta.