Adrian miró a Serena y luego a mí.
—Helena, podemos hablar en casa.
—Ya no vivimos en la misma casa —respondí.
Había sonado tan simple que incluso yo tardé un segundo en comprenderlo. Cinco años de planes, fotografías y promesas habían terminado aquella mañana. Adrian podía llamarlo una apuesta; los documentos que llevábamos en el bolsillo decían otra cosa.
Salí antes de que empezaran a discutir. En el taxi, la ecografía se deslizó de mi bolso. La sostuve entre las manos mientras la ciudad pasaba al otro lado de la ventanilla.
Al día siguiente no fui al registro.
A las nueve y diez Adrian llamó. A las nueve y veinte envió un mensaje: Serena no quiere firmar el divorcio. Dice que la humillé anoche.
Lo leí una vez y dejé el teléfono. Nunca había conocido a Serena como esposa de Adrian hasta aquella mañana; tampoco era mi responsabilidad convencerla de dejar de serlo.
Fui a casa de mi hermana. Me recibió con una manta, comida y ninguna pregunta hasta que estuve lista para hablar. Le conté lo del bebé primero. Después, lo demás. Se quedó sentada a mi lado mientras yo lloraba por primera vez desde el hospital.
Dos días más tarde, Adrian apareció en su puerta con flores.
—Vi la ecografía —dijo en cuanto salí al porche—. La encontré en una foto que me enviaste antes de la cena. Helena, perdóname. Creí que lo decías para detenerme.
—Te dije la verdad mirándote a los ojos.
Bajó las flores.
—Quiero estar contigo. Con nuestro hijo.
—Puedes querer estar presente como padre. Eso tendremos que hablarlo con calma y con acuerdos claros.
—Serena y yo vamos a separarnos.
Lo observé. Aún intentaba explicarme nuestra vida como si dependiera de lo que decidieran él y Serena.
—Eso es entre ustedes —dije—. Yo no voy a volver a casarme contigo.
Adrian miró mi mano sin anillo. Parecía esperar que añadiera «por ahora». No lo hice.
Pasaron los meses. Me mudé a un apartamento cerca de mi hermana y continué mis controles médicos. Adrian y yo empezamos a comunicarnos sobre el embarazo por mensajes, sin apuestas ni promesas para el día siguiente. Hubo conversaciones difíciles. En una de ellas admitió que había convertido mi paciencia en algo que daba por hecho. Escuché sus disculpas, pero no cambié mi decisión.
La mañana en que sentí moverse al bebé por primera vez, estaba sola en la cocina preparando té. Puse la palma sobre mi vientre y esperé. Volvió a ocurrir: un movimiento pequeño, inconfundible.
Llamé a mi hermana para contárselo.
Por una vez, la primera persona con quien quise compartir mi alegría fue alguien que nunca me había pedido que la dejara para después.