Garrett entrecerró los ojos un poco más.
Penny hizo lo mismo hasta que apenas pudo ver. Perdió el equilibrio y cayó sentada sobre la alfombra.
El peón junto a la puerta soltó una carcajada antes de poder contenerse. Sarah sintió que se le helaba la sangre.
Garrett se levantó.
Penny alzó la mirada hacia él. Por primera vez desde que había entrado, dejó de imitarlo. Garrett rodeó el escritorio, se agachó con dificultad y le ofreció una mano.
—La alfombra gana —dijo.
Penny aceptó que la ayudara a ponerse de pie.
—Tú pones cara de oso.
El peón volvió a reír. Garrett lo miró, pero no lo reprendió. Sus ojos regresaron a la niña.
—Eso dicen.
Sarah dio un paso adelante y tomó a Penny de la mano.
—Perdone, señor Thorne. No volverá a molestarlo.
—No me ha molestado.
Garrett parecía tan sorprendido por sus propias palabras como el resto de la habitación. Se incorporó y miró a Sarah.
—El puesto exige empezar antes del amanecer. ¿Quién cuidaría de ella mientras trabaja?
—Yo me encargaría —respondió Sarah—. Pero necesitaría que pudiera estar conmigo cuando no encuentre con quién dejarla.
No iba a prometerle una niña invisible para conseguir el empleo. Había pasado demasiado tiempo pidiéndole a Penny que callara, que esperara, que ocupara menos espacio.
Garrett miró hacia el mayordomo.
—¿La habitación junto a la cocina sigue libre?
—Sí, señor.
—Enséñesela. La señora Miller puede probar el puesto durante un mes, con salario completo. Después hablaremos de si funciona para todos.
Sarah abrió la boca, pero tardó en encontrar la voz.
—Gracias. Trabajaré bien.
—Eso espero —respondió él.
El mayordomo las condujo fuera del estudio. Antes de cruzar la puerta, Penny se volvió.
—Adiós, señor Oso.
Garrett apoyó una mano sobre el escritorio.
—Adiós, señorita Miller.
Aquella tarde Sarah encontró la habitación limpia, con una estufa pequeña y una ventana hacia los establos. No era suya, todavía. Pero Penny podía dejar sus botas junto a la cama y dormir sin oír el viento colarse por las paredes de la cabaña.
Los primeros días fueron agotadores. Sarah aprendió los horarios de una casa que llevaba años funcionando como un reloj. Penny la acompañaba a veces a la cocina y otras jugaba cerca de la puerta, siempre donde Sarah pudiera verla.
Una noche, al llevar ropa remendada al estudio, Sarah encontró a Garrett mirando un pequeño caballo de madera sobre la repisa. Lo sostuvo un instante antes de dejarlo en su lugar.
—Penny preguntó si podía ver los establos mañana —dijo Sarah.
Garrett tardó en responder.
—Si usted puede acompañarla. Los caballos grandes aún la asustarían.
Sarah asintió. Vio que él volvía a mirar el juguete y no preguntó a quién había pertenecido.
A la mañana siguiente, Penny apareció con su vestido amarillo y le enseñó a Garrett su mejor cara de oso. Él intentó reproducirla. Lo hizo tan mal que ella se echó a reír.
Sarah, desde la puerta, sonrió también.