Arthur abrió un cajón y sacó una fotografía de un hombre joven junto a un velero.
Reconocí la sonrisa antes que el rostro.
—Se llamaba Daniel cuando lo conocí —dije.
—Su nombre es Daniel Pendelton —respondió Arthur—. Es mi hijo menor.
Me apoyé en el borde del escritorio. El padre de Caleb había desaparecido ocho años atrás sin dejar siquiera una dirección. Yo nunca había visto aquella fotografía ni sabía de qué familia venía.
—¿Lo sabías cuando me ofreciste matrimonio?
—Descubrí quién eras después de que empezaste a cuidar a Florence. Ella oyó el nombre de Caleb y me pidió que buscara a Daniel.
Sentí una oleada de rabia.
—Podrías habérmelo dicho.
—Sí. Debí hacerlo.
Arthur no intentó justificar su silencio. Puso otro documento sobre la mesa: una carta de Florence, escrita antes de su derrame. Decía que Daniel le había contado que iba a ser padre y que ella había intentado convencerlo de volver. Años después, todavía conservaba una caja con regalos de cumpleaños que nunca supo adónde enviar.
La miré sin tocarla.
—¿Dónde está Daniel?
—No lo sé. Llevo años sin hablar con él.
Arthur señaló una carpeta distinta.
—Quería proteger a Florence y a Caleb de la disputa por mi patrimonio. Mis hijos están intentando controlar el dinero destinado al cuidado de su tía. Ahora también sé que Caleb podría tener derecho a una parte de esta familia. El matrimonio impide que puedan echarte de esta casa mientras se aclara todo.
—La cirugía de mi hijo no dependía de que aceptara eso —dije.
Arthur sostuvo mi mirada.
—No. La pagué porque Caleb la necesitaba. Pero dejé que creyeras que debías casarte conmigo para conseguirla.
Fue la primera verdad de aquella noche que me hizo levantarme.
—Eso no fue una oferta justa.
—Lo sé.
Abrí la puerta de la oficina. Antes de salir, Arthur me dijo que sus abogados podían entregarme copias de todos los documentos y que yo podía elegir a alguien independiente para revisarlos. No respondí.
Pasé la noche sentada junto a Caleb, que dormía abrazado a un oso de peluche. A la mañana siguiente llamé a una abogada elegida por mí. Le pedí que verificara el pago de la cirugía, leyera lo que había firmado y me ayudara a decidir qué hacer con el matrimonio. También quería saber si la historia sobre Daniel era cierta antes de hablarle de ella a mi hijo.
Caleb despertó cuando terminé la llamada.
—¿Arthur está enfermo? —preguntó.
—Sí.
—Entonces podemos llevarle un dibujo.
Lo observé buscar sus lápices, todavía ajeno a las decisiones que los adultos habían tomado a su alrededor. Arthur podía ser parte de su vida si ambos lo querían. Daniel tendría que responder por la ausencia que había elegido. Y yo decidiría, con toda la información esta vez, qué era lo mejor para Caleb y para mí.