Abrí la puerta sin apartar a Lily de mi hombro.
Mi abogada, Elena Ruiz, esperaba en el porche con la carpeta. Detrás de ella estaba mi vecina, a quien había pedido que acudiera si oía gritos.
Margaret las miró y soltó una risa seca.
—¿Contrataste una abogada para no ayudar a tus sobrinos?
—La contraté porque encontré dos tarjetas a mi nombre que nunca solicité —respondí.
Su expresión cambió.
Durante los siete días anteriores había revisado mis cuentas mientras Lily dormía. Conocía las transferencias que yo misma había hecho a Rachel. Había cedido muchas veces, y no podía fingir que aquellas decisiones no eran mías. Pero las tarjetas eran distintas. Los estados de cuenta llegaban a una dirección antigua que mi madre todavía utilizaba.
Elena abrió la carpeta.
—Hemos pedido al banco que investigue las solicitudes —dijo—. Claire también ha bloqueado las tarjetas y cambiado los accesos a sus cuentas. Necesitamos que conserven cualquier documento relacionado con ellas.
Margaret apretó los labios.
—Yo solo intentaba ayudar a Rachel. Pensé que te lo había dicho.
—Nunca me lo dijiste —respondí.
—Tú siempre pagabas. ¿Qué diferencia hay?
Lily comenzó a llorar otra vez. La llevé hacia la cuna, sin perder de vista a mi madre. Cuando volví, Elena seguía junto a la puerta.
—La diferencia —dije— es que el dinero era mío. Tú no podías decidir usar mi nombre.
Margaret intentó acercarse.
—Claire, somos familia.
—Y quiero que salgas de mi casa.
No se movió. Elena le indicó que la conversación había terminado y que podía responder a las preguntas del banco por los canales correspondientes. Mi vecina permaneció conmigo mientras Margaret recogía su bolso. Antes de salir, miró por primera vez hacia la cuna.
—Ni siquiera me dejarás conocer a mi nieta.
Me dolió oírlo. Había deseado compartir aquel momento con ella desde que supe que estaba embarazada.
—Hoy viniste a exigirme dinero —le dije—. Lily estaba aquí todo el tiempo.
Margaret bajó los ojos y salió.
Cerré la puerta con llave. Después llamé a mi esposo. Él contestó desde su destino y pidió enseguida saber cómo estábamos las dos. Le conté lo ocurrido, incluida la investigación de las tarjetas. Permaneció en línea mientras alimentaba a Lily, escuchando su respiración pequeña entre las mías.
En las semanas siguientes colaboré con el banco y dejé que Elena se encargara de las comunicaciones sobre las cuentas. Rachel me envió varios mensajes; no respondí a las exigencias de dinero. Sí le escribí una vez para decirle que sus hijos eran bienvenidos en mi vida, pero sus gastos ya no serían mi responsabilidad.
Una noche, mientras Lily dormía sobre mi pecho, mi esposo me preguntó si lamentaba haber cerrado la puerta a Margaret.
Miré la cara tranquila de nuestra hija.
—Lamento que no haya querido entrar de otra manera —dije.
Luego dejé el teléfono a mi lado y me quedé un rato más sosteniéndola.