La notificación llegó al día siguiente, pero nadie tuvo que salir de inmediato. El comprador conocía la situación: el apartamento seguía ocupado y cualquier entrega debía hacerse por la vía legal. Habíamos acordado un plazo para desocuparlo.
Ryan me llamó apenas leyó el documento.
—Vendiste nuestra casa.
—Vendí mi apartamento.
—Mis padres viven aquí, Elena.
—Sophie también vivía ahí.
Hubo un silencio breve. Luego oí la voz de George al fondo, exigiendo que le pasaran el teléfono.
—Papá quiere hablar contigo.
—No voy a hablar con él. La comunicación sobre la vivienda está en la notificación.
Colgué antes de que Ryan pudiera discutir. Después llevé a Sophie a una revisión médica. La marca de la bofetada ya se estaba borrando, pero quería que alguien comprobara que estaba bien y dejara constancia de lo ocurrido. También presenté un informe sobre la agresión. Sophie no necesitaba escuchar otra vez lo que había pasado para que los adultos la tomáramos en serio.
Aquella noche Ryan apareció en casa de mi madre. Lo recibí en el porche mientras Sophie jugaba adentro con bloques de madera.
—No me dijiste que ibas a vender —dijo.
—Te dije que tu padre golpeó a nuestra hija. Me pediste que dejara el tema.
Bajó la mirada.
—Debí detenerlo.
—Sí.
—Hablé con él. Dice que fue un accidente.
Recordé la forma en que George había vuelto a levantar su copa mientras Sophie lloraba.
—Ryan, viste lo mismo que yo.
No respondió. Por primera vez, parecía comprender que disculpar a su padre también había sido una decisión.
Los días siguientes fueron difíciles. Ryan y sus padres buscaron otra vivienda. Mi madre me ayudó a encontrar un apartamento pequeño cerca de un parque y de la guardería de Sophie. Hablé con un abogado para ordenar nuestra separación y acordar cómo Ryan vería a su hija mientras resolvíamos lo ocurrido. No iba a improvisar su seguridad en medio de otra discusión familiar.
Una semana antes de la entrega, Ryan pidió ver a Sophie. Nos encontramos en el parque, conmigo presente. Ella corrió hacia los columpios al verlo, pero se detuvo cuando él mencionó al abuelo George.
—No quiero ir donde él —dijo.
Ryan se agachó hasta quedar a su altura.
—No tienes que hacerlo —respondió—. Siento no haberte ayudado ese día.
Sophie no dijo nada. Le ofreció la mano para que la acompañara al columpio.
Los observé desde un banco. Aquella respuesta no arreglaba nuestro matrimonio ni devolvía a Sophie la confianza de golpe. Era, al menos, la primera vez que Ryan escuchaba lo que ella necesitaba.
El día de la mudanza recogí las últimas cosas de su habitación. Al salir, Sophie me preguntó si la casa nueva también tendría una ventana para sus plantas.
—Sí —le dije—. Una que recibe el sol por la mañana.
Sonrió y sostuvo la maceta pequeña sobre sus rodillas durante todo el camino.