—Quiero hablar con la policía —dije.
El cirujano asintió.
—Ya vienen.
Volví a sentarme junto a Lily.
No quería que despertara y me encontrara lejos de ella.
Le tomé la mano con cuidado.
—No tienes que contarme nada ahora, cariño. Solo quédate conmigo.
Su ojo abierto se movió lentamente hacia mí.
Entonces sus dedos apretaron los míos.
Una vez.
Después dos.
Miró hacia la bolsa de evidencia que contenía su sudadera.
—¿Quieres que mire algo?
Dos apretones.
Llamé a la enfermera.
—Mi hija intenta comunicarme algo.
La enfermera acercó una pequeña pizarra, pero Lily apenas podía sostener el marcador.
Escribió tres caracteres temblorosos.
B17
—¿B diecisiete?
Parpadeó.
Sí.
—¿Es un salón?
Negó débilmente.
—¿Un edificio?
Otra negativa.
Pensé.
—¿Un casillero?
Apretó mi mano.
Dos veces.
Sí.
Antes de poder preguntar más, dos detectives entraron en la habitación.
La detective principal se presentó como Elena Ruiz.
Su compañero, Thomas Reed, permaneció cerca de la puerta.
Ruiz observó la pizarra.
—¿Qué significa B17?
—Creo que es un casillero.
Lily se agitó.
Su monitor aceleró ligeramente.
Ruiz lo notó.
—No vamos a presionarla —dijo—. Podemos esperar.
Lily volvió a escribir.
Esta vez tardó casi un minuto.
NO CAMPUS
Ruiz y yo intercambiamos una mirada.
—¿El casillero B17 no está en el campus? —pregunté.
Dos apretones.
—¿Dónde está?
Lily cerró los ojos.
Estaba agotada.
Ruiz guardó su libreta.
—Déjela descansar.
La detective me pidió hablar en el pasillo.
—Señor Mercer, encontramos el teléfono de Lily.
—¿Dónde?
—A unos cuarenta metros de donde estaba ella.
—¿Roto?
—No.
—Entonces revísenlo.
Ruiz vaciló.
—Ya lo hicimos de manera preliminar.
Su expresión me hizo sentir un nudo en el estómago.
—¿Qué encontraron?
—Diecisiete llamadas perdidas del mismo número durante los últimos cuatro días.
—¿De quién?
—Todavía estamos identificándolo.
—¿Mensajes?
—Algunos fueron eliminados.
—¿Por Lily?
—No necesariamente.
Eso me hizo mirarla fijamente.
—Explíquese.
—Su teléfono permaneció desbloqueado durante un periodo después de la agresión. Alguien pudo haberlo manipulado.
Sentí que algo frío me recorría la espalda.
—¿Entonces quien la atacó tomó su teléfono?
—Es una posibilidad.
—¿Y luego lo dejó cerca?
—Sí.
—¿Por qué?
Ruiz no respondió.
Entonces comprendí.
—Porque buscaba algo.
La detective sostuvo mi mirada.
—Eso también es una posibilidad.
A las dos de la madrugada, Lily fue llevada a cirugía.
Me quedé solo.
Fue entonces cuando recordé algo.
B17.
No campus.
Abrí mi teléfono y revisé nuestros mensajes.
Busqué «B17».
Nada.
Después busqué «casillero».
Apareció una conversación de tres semanas atrás.
Lily me había enviado una fotografía de una llave pequeña.
«Papá, ¿todavía tienes esa manía militar de guardar copias de todo?»
Yo había respondido:
«No es una manía si algún día te salva.»
Ella había enviado un emoji riéndose.
Luego:
«Bien. Guarda esta foto por si pierdo la llave.»
Amplié la imagen.
En el llavero había una etiqueta.
UNION STATION STORAGE — B17
Me puse de pie.
La detective Ruiz estaba al final del pasillo.
—Sé dónde está.
Veinte minutos después estábamos dentro de mi automóvil.
No me permitieron abrir el casillero personalmente.
Me pareció bien.
Ya no estaba pensando como padre.
Estaba pensando como alguien que sabía que cualquier error podía destruir evidencia.
El depósito estaba abierto las veinticuatro horas.
Un empleado verificó la información.
—B17 está alquilado a nombre de Lily Mercer.
Ruiz mostró su identificación.
Minutos después abrieron el compartimento.
Dentro había una mochila negra.
Nada más.
Ruiz se puso guantes.
Sacó un cuaderno.
Una memoria USB.
Un sobre.
Y una pequeña cámara.
—¿Reconoce esto? —preguntó.
Negué con la cabeza.
El sobre llevaba mi nombre.
PAPÁ.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Ruiz abrió cuidadosamente la carta.
Lily había escrito:
«Papá, si estás leyendo esto, significa que probablemente no pude contártelo yo misma.
No estoy metida en drogas.
No debo dinero.
Y no hice nada ilegal.
Encontré algo.»
Debajo había un nombre.
Profesor Nathan Caldwell.
Lo conocía.
Todo el mundo en Bradley conocía ese nombre.
Caldwell dirigía uno de los programas más prestigiosos de la universidad.
Aparecía en eventos.
Recaudaba fondos.
Daba entrevistas.
Y, según Lily, llevaba meses alterando resultados de investigación y presionando a estudiantes para que guardaran silencio.
Pero aquello no explicaba por qué casi habían matado a mi hija.
Seguimos leyendo.
«Al principio pensé que solo estaban falsificando datos.
Después encontré los pagos.»
Ruiz dejó de leer.
—¿Qué pagos?
La memoria USB tenía la respuesta.
Regresamos al hospital y un técnico forense hizo una copia.
Había hojas de cálculo.
Correos.
Fotografías.
Grabaciones.
Y un video.
Lily había dejado una cámara escondida en un laboratorio.
La imagen mostraba una sala casi vacía.
Caldwell estaba allí.
También había otro hombre.
No reconocí su rostro.
Ruiz sí.
Se acercó inmediatamente a la pantalla.
—No puede ser.
—¿Quién es?
No respondió.
Reprodujo el video desde el principio.
Los dos hombres discutían sobre dinero y documentos desaparecidos.
Después Caldwell pronunció el nombre de Lily.
La grabación era demasiado distante para distinguir cada palabra, pero una frase quedó clara.
—La chica hizo una copia.
El segundo hombre respondió algo.
Ruiz detuvo el video.
—¿Qué pasa?
La detective retrocedió la grabación.
Volvió a escucharla.
Entonces llamó a su compañero.
—Reed, necesito que vengas inmediatamente.
—¿Quién es ese hombre? —repetí.
Ruiz finalmente me miró.
—Es el jefe de seguridad del campus.
Me quedé inmóvil.
El mismo departamento que había encontrado a Lily.
El mismo departamento que controlaba las cámaras.
El mismo departamento que nos había dicho que no había testigos.
Ruiz guardó la memoria.
—Señor Mercer, desde este momento no hable de este casillero con nadie.
—¿Cree que él atacó a mi hija?
—No voy a acusar a nadie sin pruebas.
—Pero cree que sabe algo.
Ruiz no tuvo tiempo de responder.
Su teléfono sonó.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—¿Cuándo?
Silencio.
—No dejen entrar a nadie.
Colgó.
—¿Qué ocurrió?
Miró hacia el ascensor.
—Alguien intentó entrar en la habitación de Lily mientras estábamos fuera.
Sentí que el corazón me golpeaba contra el pecho.
—¿Quién?
Ruiz negó lentamente con la cabeza.
—El hombre llevaba uniforme del hospital.
—¿Era empleado?
—No.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Dos agentes salieron rápidamente.
Ruiz se volvió hacia mí.
—Encontraron el uniforme abandonado en una escalera.
—Entonces sigue aquí.
—Eso creemos.
Miré hacia el pasillo que conducía al quirófano.
Mi hija todavía estaba allí.
Indefensa.
Y quien había intentado silenciarla acababa de descubrir que seguía viva.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Solo había un mensaje.
Encontraste B17. Ahora deja de buscar o la próxima vez tu hija no despertará.