—¿Qué acabas de decir?
Patricia apretó la muñeca de Madison.
—Nada.
Pero Madison había palidecido.
El avión volvió a la puerta y dos miembros de seguridad corporativa subieron.
La azafata me entregó la tableta.
Los billetes habían sido cargados a una cuenta ejecutiva creada cuando mi padre todavía vivía.
Nombre autorizado: Richard Bennett.
Mi padre.
—Eso es imposible —dije—. Esa cuenta fue cerrada después de su muerte.
El director regional negó lentamente.
—Eso creíamos.
Abrió el historial.
Durante seis años alguien había utilizado aquel perfil.
Hoteles.
Vuelos internacionales.
Coches privados.
Más de cuatrocientos mil dólares.
Patricia levantó la barbilla.
—Richard me dio permiso.
—¿Por escrito?
Silencio.
Madison empezó a llorar.
—Mamá, dijiste que era dinero familiar.
Patricia la fulminó con la mirada.
—Cállate.
Aquello fue suficiente.
—Bajadlas del avión —ordené.
Patricia se levantó furiosa.
—¡No puedes tratarme así! ¡Tu padre construyó todo lo que tienes!
La miré.
—Northstar la compré con mi dinero.
Por primera vez no tuvo respuesta.
Ya en la terminal, seguridad corporativa recuperó los registros completos.
Entonces apareció algo mucho más extraño.
La cuenta no había sido reactivada después de la muerte de mi padre.
Había permanecido activa porque alguien renovaba personalmente su autorización cada año.
La última renovación era de hacía apenas tres meses.
Miré al investigador.
—Mi padre murió hace siete años.
—Lo sabemos.
Me mostró una firma digital.
Richard Bennett.
Debajo figuraba una segunda autorización.
Patricia Whitmore.
—¿Quién aprobó esto?
El hombre dudó.
—Un miembro del consejo.
El nombre apareció en pantalla.
Thomas Bennett.
Mi tío.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Thomas había administrado parte del patrimonio de mi padre después de su muerte.
También había sido quien me aseguró que Patricia no había recibido acceso a ninguna cuenta empresarial.
Llamé inmediatamente.
Número desconectado.
Entonces Madison habló detrás de mí.
—Emily…
Se había separado de su madre.
—Hay algo en casa.
Patricia se giró violentamente.
—Madison, no.
—Papá me hizo prometer que nunca se lo enseñaría.
Fruncí el ceño.
—¿Papá?
Madison me miró confundida.
—Quiero decir… Richard.
Sacó una llave pequeña de su bolso.
—Antes de morir me entregó esto.
Patricia intentó arrebatársela.
Seguridad la detuvo.
—¿Qué abre? —pregunté.
Madison tragó saliva.
—Una caja de seguridad.
—¿Qué hay dentro?
—Documentos sobre Northstar.
Mi corazón dio un vuelco.
—Mi empresa ni siquiera pertenecía a la familia cuando murió.
Madison negó lentamente.
—Por eso nunca entendí los papeles.
Entonces dijo algo que me dejó inmóvil.
—Hay una carta dirigida a ti fechada dos días después de su funeral.
La miré fijamente.
—Eso no es posible.
—Lo sé.
Madison bajó la voz.
—Pero está escrita a mano.
Patricia cerró los ojos.
Y comprendí que ella ya sabía exactamente qué decía aquella carta.
