PARTE 2: TREINTA DÍAS PARA DESAPARECER DE SU VIDA

Mi mano golpeó el rostro de Serena.

El sonido resonó en la entrada.

Gabriel se quedó inmóvil.

Serena se llevó una mano a la mejilla.

—¿Me golpeaste?

—No.

La miré directamente.

—Acabo de devolverte algo que llevaba meses guardando.

Gabriel dio un paso hacia mí.

—Nora, basta.

Sonreí.

—Tranquilo, comandante. Ya terminé.

Aquellas palabras parecieron inquietarlo más que cualquier grito.

Subí, cerré la puerta y marqué un número que llevaba años sin utilizar.

—Quiero activar mi cuenta privada.

La mujer al otro lado guardó silencio.

—¿La cuenta Shen?

—Toda.

Mi abuelo me había dejado una fortuna antes de morir.

Gabriel lo sabía, pero jamás supo cuánto.

Yo nunca la había tocado porque había querido construir nuestra vida juntos.

Aquella mañana gasté por primera vez una parte.

Compré una casa frente al mar a más de dos mil kilómetros del distrito.

Contraté seguridad privada.

Transferí mis documentos.

Y pagué por adelantado tres años de una pequeña clínica de rehabilitación que llevaba meses buscando compradores.

No quería simplemente abandonar a Gabriel.

Quería construir una vida donde su rango no significara absolutamente nada.

Durante los siguientes veintinueve días actué con normalidad.

Gabriel creyó que finalmente lo había perdonado.

Serena fue trasladada temporalmente.

Él comenzó a llegar temprano.

Traía flores.

Cocinaba.

Incluso volvió a dormir sujetándome la mano.

Yo contaba los días.

Cinco.

Tres.

Uno.

La mañana número treinta, Gabriel salió para una reunión del mando.

Me besó la frente.

—Esta noche cenamos juntos.

—Claro.

Esperé hasta escuchar su jeep desaparecer.

Entonces llegaron los camiones.

A las cuatro de la tarde, la casa estaba vacía.

Sobre la mesa dejé únicamente tres cosas:

Mi anillo.

Una copia del acuerdo.

Y las grabaciones de aquella noche.

Cuando Gabriel regresó, llamó diecisiete veces.

No contesté.

A medianoche llegó su mensaje:

Nora, dime dónde estás. Es una orden.

Lo bloqueé.

Tres meses después, estaba caminando por la playa cuando recibí una llamada del abogado.

—Señora Shen, tenemos un problema.

—¿Gabriel está impugnando el divorcio?

—No.

Hizo una pausa.

—Está investigando el acuerdo original.

Mi corazón se tensó.

—¿Por qué?

—Porque afirma que Serena nunca apareció en su vida por casualidad.

El abogado me envió un documento militar.

Serena había solicitado convertirse en ayudante de Gabriel dos años antes de conocerlo oficialmente.

Su solicitud incluía información privada sobre mí.

Mi historial médico.

Mis desplazamientos.

Incluso datos sobre la herencia Shen.

Pero había algo peor.

La persona que recomendó secretamente su asignación junto a Gabriel había sido un oficial retirado.

Reconocí inmediatamente el nombre.

General Marcus Shen.

Mi padre.

El hombre que llevaba seis años diciéndome que Gabriel Hunt nunca había sido digno de mí.

Debajo aparecía una segunda autorización.

La firma era de Gabriel.

Fecha:

Tres meses antes de nuestra boda.

Me quedé helada.

Si aquella firma era auténtica, Gabriel conocía a Serena desde antes de casarse conmigo.

Pero si era falsa, alguien había preparado su traición durante años.

Entonces escuché un vehículo detenerse frente a mi nueva casa.

Mi guardia llamó.

—Señora Shen, hay un hombre en la entrada.

Miré las cámaras.

Gabriel estaba frente al portón.

Solo.

Sin uniforme.

Sin escolta.

Y sostenía el expediente original.

Levantó la mirada directamente hacia la cámara.

—Nora, tu padre pagó a Serena para destruir nuestro matrimonio.

Después abrió el expediente.

—Pero no fue para separarte de mí.

Su voz se quebró.

—Fue para impedir que descubrieras por qué realmente me ordenaron casarme contigo.

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