A las 2:13 de la madrugada, Grupo Costa perdió su última línea de crédito.
A las 2:41, tres fondos retiraron su respaldo.
A las 3:07, Gabriel me llamó por primera vez.
No contesté.
A las 4:20, llevaba treinta y seis llamadas perdidas.
Yo estaba en una clínica privada mientras un médico fotografiaba cada hematoma de mi rostro.
Mi tío Rafael permanecía junto a la ventana.
—Isabel, hay algo que debes saber antes de continuar.
Colocó una carpeta frente a mí.
Grupo Costa no había sobrevivido todos aquellos años gracias al talento de Gabriel.
Había sobrevivido gracias a contratos garantizados por Márquez Capital.
Mi familia.
—¿Cuánto controlamos?
Rafael pasó la página.
Cincuenta y ocho por ciento de la deuda corporativa.
Sentí una calma extraña.
Gabriel siempre creyó que mi familia solo había entregado una pequeña dote.
Nunca supo que mi padre había financiado silenciosamente su expansión para proteger mi matrimonio.
—Retíralo todo.
Rafael asintió.
—Ya está hecho.
A las seis de la mañana, Gabriel apareció en la clínica.
Sin corbata.
Sin arrogancia.
—Isabel, detén esto.
—¿Y Bianca?
Su rostro cambió.
—Ella no importa.
Solté una risa.
—Hace unas horas valía diez bofetadas.
Gabriel cayó de rodillas.
—Cometí un error.
—No.
Le mostré el informe médico.
—Cometiste diez.
Entonces Rafael entró acompañado por dos abogados.
Uno dejó varios documentos sobre la mesa.
—Señor Costa, existe otro problema.
Bianca Salcedo no había sido contratada seis meses atrás.
Había trabajado anteriormente para una empresa llamada Salcedo Strategic Holdings.
Una compañía que llevaba casi dos años comprando discretamente deuda de Grupo Costa.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Rafael abrió otro expediente.
—Que su secretaria sabía exactamente qué empresas atacar si Grupo Costa entraba en crisis.
Por primera vez pensé en aquella sonrisa de Bianca mientras me golpeaban.
No parecía simplemente satisfecha.
Parecía estar esperando algo.
Entonces llegó un mensaje a mi teléfono.
Era una fotografía tomada aquella misma madrugada.
Bianca saliendo del edificio corporativo con una maleta.
Debajo apareció otro archivo.
Transferencia realizada a las 3:52.
$84,000,000.
Destino:
Salcedo Strategic Holdings.
Gabriel se puso de pie de golpe.
—¡Ella me robó!
—Parece que sí.
Pero Rafael negó lentamente.
—Todavía no entiende.
Colocó el último documento frente a nosotros.
La transferencia había sido autorizada mediante una cuenta corporativa que requería dos firmas digitales.
Una pertenecía a Bianca.
La otra…
era la mía.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Yo nunca firmé eso.
Rafael me sostuvo la mirada.
—Lo sabemos.
Alguien llevaba meses utilizando mis credenciales.
Gabriel palideció.
Entonces recordó algo.
—Bianca tenía acceso a mi oficina.
—Y tú tenías acceso a los documentos de Isabel —respondió Rafael.
Mi esposo me miró horrorizado.
—Yo no hice esto.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
Era Bianca.
—¿Te gustó mi regalo de aniversario?
Apreté el teléfono.
—¿Qué quieres?
Se rio suavemente.
—Que preguntes a tu tío por qué tu padre dejó cincuenta mil millones vinculados al matrimonio con Gabriel Costa.
Miré a Rafael.
Su expresión cambió.
Bianca continuó:
—Gabriel nunca fue el verdadero objetivo, Isabel.
Hizo una pausa.
—Tú lo eras.
La llamada terminó.
Rafael cerró lentamente la carpeta.
—Tu padre me hizo prometer que jamás te contaría esto mientras siguieras casada con Gabriel.
—¿Contarme qué?
Mi tío levantó la mirada.
—Que Grupo Costa fue creado con dinero de los Márquez mucho antes de que conocieras a tu esposo.
Sentí que el corazón se detenía.
—Entonces ¿de quién es realmente la empresa?
Rafael deslizó hacia mí el documento fundacional.
En la línea reservada al beneficiario final aparecía un solo nombre.
Isabel Márquez.
