A las 11:32 de la noche, Ricardo regresó.
Pero esta vez no venía solo.
Dos patrullas de la policía municipal se estacionaron frente a la propiedad, sus luces azules y rojas cortando la oscuridad como una advertencia imposible de ignorar. Detrás de ellas, una camioneta gris de la notaría avanzó lentamente hasta detenerse junto al portón.
La música de banda seguía sonando.
Las risas también.
Hasta que el primer golpe seco en la reja metálica hizo vibrar toda la casa.
—¡Policía! ¡Abran la puerta!
El silencio cayó como una losa.
Dentro, alguien bajó el volumen. Se escucharon pasos apresurados, murmullos nerviosos, el arrastre de sillas. Ernesto apareció en la terraza, aún con su copa en la mano, pero ahora con el ceño fruncido.
—¿Qué chingados…?
Cuando vio a Ricardo detrás de los oficiales, su expresión cambió. Ya no había burla. Solo molestia… y algo más.
Algo parecido al miedo.
—Te dije que te largaras —gruñó Ernesto, caminando hacia el portón.
—Y lo hice —respondió Ricardo, tranquilo—. Pero también te dije que esta es mi casa.
Uno de los oficiales dio un paso al frente.
—Señor, tenemos un reporte por ocupación ilegal de propiedad privada. Necesitamos que desalojen inmediatamente.
Las miradas comenzaron a cruzarse entre los invitados. La madre de Ernesto dejó su plato a medio comer. Un primo empezó a recoger cosas sin que nadie se lo pidiera.
—Esto es un malentendido —intervino Laura, saliendo finalmente—. Yo autoricé que estuviéramos aquí.
La notaria Medina avanzó entonces, con una carpeta en la mano.
—Usted no tiene autoridad legal sobre esta propiedad, señora —dijo con firmeza—. Y además… hay una investigación abierta por intento de fraude inmobiliario.
El rostro de Laura se desmoronó.
Ernesto soltó una carcajada nerviosa.
—¿Fraude? No inventen. Tenemos papeles.
—Falsificados —respondió la notaria sin titubear—. Con la firma de un hombre muerto.
El aire se volvió denso.
Uno de los policías miró a Ernesto directamente.
—Señor, le voy a pedir que coopere.
Pero Ernesto no retrocedió.
—Nadie se va a ningún lado —dijo, elevando la voz—. Esta casa ya es nuestra.
Ricardo lo observó en silencio.
Luego habló, despacio:
—Entonces no te va a molestar que revisen todo… ¿verdad?
Un segundo.
Dos.
Y entonces ocurrió.
Un oficial que había rodeado la casa apareció desde el pasillo lateral.
—Jefe… —dijo, con tono extraño—. Creo que deberían ver esto.
Todos voltearon.
El grupo avanzó hacia la parte trasera de la casa.
El jardín que alguna vez fue cuidado con esmero por el padre de Ricardo ahora estaba descuidado. Pero no era eso lo que llamó la atención.
Era la tierra removida.
Un área rectangular, fresca.
Como si hubieran cavado ahí… recientemente.
Ricardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué es eso? —preguntó uno de los oficiales.
Nadie respondió.
Ernesto tragó saliva.
—Solo… basura enterrada —dijo, sin convicción.

Pero ya era tarde.
Otro policía se arrodilló y comenzó a escarbar con una pala que encontró cerca.
Un golpe.
Luego otro.
Hasta que algo sólido sonó bajo la tierra.
No era basura.
Era madera.
Una caja.
El silencio era absoluto.
El oficial limpió la superficie con las manos.
Y cuando levantó la tapa apenas unos centímetros… se detuvo en seco.
Su rostro cambió.
Se puso pálido.
Ricardo dio un paso adelante.
—¿Qué hay ahí?
El oficial lo miró.
Dudó.
Y luego dijo, en voz baja:
—Señor… esto ya no es un asunto civil.
Ernesto retrocedió.
Laura empezó a llorar.
Y Ricardo… sintió que el mundo se le venía encima.
Porque lo que acababan de encontrar en su jardín… no solo iba a destruir esa fiesta.
Iba a destruirlo todo.
Continuará…