Daniel abrió la carpeta.
Primera página.
El apartamento.
Segunda.
El automóvil de Camila.
Tercera.
Joyas, viajes, restaurantes, muebles.
Después venían transferencias bancarias.
Su mandíbula se tensó.
—¿De dónde sacaste esto?
—De nuestras cuentas.
Camila intentó intervenir.
—Daniel me dijo que todo ese dinero era suyo.
—Parte lo era —respondí—. Parte no.
Señalé una transferencia.
Ciento ochenta mil dólares habían salido de una cuenta que Daniel jamás debió tocar.
La expresión de Camila cambió.
—¿Qué cuenta?
Daniel cerró la carpeta.
—Esto no te importa.
—Claro que me importa.
Saqué otro documento.
—Era el dinero que mi padre dejó en fideicomiso para mí.
Daniel me miró fijamente.
Durante años él había administrado algunas de nuestras inversiones porque yo confiaba en él.
Ese había sido mi error.
—Lo devolveré —dijo.
—Ya no puedes.
Sonó el timbre.
Daniel frunció el ceño.
—¿Esperas a alguien?
—Sí.
Entraron mi abogada y un contador forense.
Camila retrocedió.
—Laura, esto es ridículo.
Mi abogada dejó un sobre sobre la mesa.
—Señor Harper, desde esta mañana existe una orden para preservar determinados activos mientras se revisan las transferencias.
Daniel se puso de pie.
—¡Esta casa es mía!
El contador negó.
—Ese es otro problema.
Abrió su computadora.
El apartamento estaba registrado a nombre de Miller Residential Holdings.
La empresa había sido creada dieciocho meses atrás.
Daniel había utilizado el apellido de su madre para ocultar la relación con el inmueble.
Pero no era el propietario final.
Camila sonrió de repente.
—Entonces está a mi nombre.
—Tampoco.
Mi abogada giró la pantalla.
La propietaria de Miller Residential Holdings era Harper Executive Trust.
Daniel dejó de respirar.
Yo conocía ese nombre.
—Ese es el fideicomiso de tu padre.
Daniel cerró los ojos.
Su padre había muerto tres años antes.
—¿Por qué comprarías el apartamento con ese fideicomiso? —pregunté.
—Laura…
—Contesta.
Pero quien habló fue Camila.
—Porque Daniel necesitaba mantener ciertos bienes fuera del matrimonio.
Él giró hacia ella.
—Cállate.
Demasiado tarde.
Mi abogada levantó lentamente la mirada.
—¿Qué bienes?
Camila comprendió su error.
Entonces el contador abrió otro archivo.
—Quizá estos.
Aparecieron cuatro propiedades más.
Dos apartamentos.
Una casa de vacaciones.
Un local comercial.
Todos adquiridos durante nuestro matrimonio.
Todos ocultos mediante sociedades vinculadas al mismo fideicomiso.
Pensé que aquello era suficiente.
No lo era.
—Hay una última cosa —dijo el contador.
Mostró una transferencia realizada apenas cuarenta y ocho horas antes del ascenso de Daniel a director general.
Tres millones de dólares.
Procedencia: la empresa donde trabajaba.
Destino: Miller Residential Holdings.
Daniel se quedó inmóvil.
Camila lo miró.
—Me dijiste que era tu bono.

Nadie habló.
Entonces comprendí por qué Daniel tenía tanta prisa por divorciarse justo después de convertirse en director general.
Tal vez no estaba intentando empezar una nueva vida con Camila.
Estaba intentando separarme legalmente de él antes de que alguien descubriera de dónde habían salido realmente esos tres millones.