Lucas tomó el documento.
Leyó su firma tres veces.
—Esto no puede ser válido.
—Entonces llama a tu abogado.
Mia lo miró confundida.
—¿Divorcio? ¿Ustedes están casados?
El silencio fue perfecto.
Samantha cerró los ojos.
Lucas intentó agarrarme del brazo.
—Eva, vámonos. Ahora.
Me aparté.
—Explícaselo aquí.
Mia miró primero a Lucas y después a Samantha.
—¿Dos años? ¿Todos lo sabían menos yo?
—Mia, escucha…
—¡Me prometiste matrimonio!
—Y me casaré contigo.
Aquello terminó de romperla.
Pero esta vez Samantha no pudo convertirla en mi enemiga.
Mia señaló mi rostro.
—¡Me dejaste golpear a tu esposa!
Lucas bajó la voz.
—Estás embarazada. No te alteres.
Me levanté.
—Felicidades por su nueva familia.
Lucas dejó los papeles sobre la mesa.
—No vas a conseguir nada con esto. La empresa es mía.
Sonreí.
—Nunca dije que quisiera tu empresa.
Eso pareció tranquilizarlo.
No debería haberlo hecho.
A las cuatro de la tarde llegó el señor Bennett con los documentos finales.
—El señor Mercer también está aquí.
Entró Adrian Mercer.
Lucas llevaba años pronunciando aquel apellido con resentimiento.
Mercer Capital había sido el inversionista que rechazó rescatar su primera empresa cuando estaba al borde de la quiebra.
Adrian me miró.
—Esperé bastante.
—Yo también.
Colocó sobre la mesa un contrato firmado diez años atrás.
Cuando Lucas quebró, yo conseguí el dinero que lo salvó.
Siempre le dije que provenía de un inversionista privado.
Era verdad.
Lo que nunca le dije era quién había negociado aquel rescate.
Yo.
Adrian había apostado entonces que algún día Lucas olvidaría quién permaneció a su lado cuando no tenía nada.
Yo defendí a mi esposo.
Adrian me hizo una propuesta:
Si algún día Lucas me traicionaba y yo finalmente decidía marcharme, Mercer Capital financiaría el centro de intervención psiquiátrica que llevaba años queriendo construir.
Por eso había dicho que ganó la apuesta.
Mi teléfono sonó.
Lucas.
—Eva, ¿qué hiciste?
—Todavía nada.
—¡Mercer Capital acaba de cancelar nuestra ronda de inversión!
Miré a Adrian.
Él no sonrió.
—La inversión dependía de una revisión que ya terminó —dijo.
Lucas respiraba con dificultad.
—Vuelve a casa. Podemos arreglarlo.
—No.
—¡Soy tu esposo!
—Hasta que se complete el divorcio.
Hubo silencio.
Entonces escuché otra voz detrás de él.
Samantha.
—Lucas, no se lo digas.
Me quedé quieta.
—¿No decirme qué?
Lucas colgó.
Adrian frunció el ceño.
El señor Bennett abrió otra carpeta.
—Señora Morgan, hay algo que encontramos durante la separación financiera.
Me entregó un estado de cuenta.
Durante casi tres años, Lucas había enviado dinero regularmente a Samantha.
Mucho dinero.
Demasiado para simples regalos.
—¿Por qué le pagaba?
Bennett señaló el concepto repetido en cada transferencia.

MERCER — INFORMACIÓN CONFIDENCIAL.
Levanté lentamente la mirada hacia Adrian.
Por primera vez, él parecía tan sorprendido como yo.
Entonces comprendí que Samantha no llevaba dos años ayudando a Lucas solamente a esconder a Mia.
Llevaba casi tres años vendiéndole información sobre el hombre al que acababa de llamar para sacarme definitivamente de mi matrimonio.