Alejandro me vio.
Su expresión se congeló.
—Valeria…
Camila parpadeó.
—¿La conoces?
No respondí.
Miré el reloj de la pared.
9:57.
Faltaban tres minutos para el anuncio.
Alejandro se acercó rápidamente.
—¿Qué haces aquí?
—Trabajar.
—Pensé que llegabas mañana.
—Cambió el plan.
Camila soltó una pequeña risa.
—¿Es conocida tuya? Porque esta mujer entró al elevador ejecutivo después de que le dije claramente que—
—Camila, basta.
Fue la primera vez que vi miedo en los ojos de Alejandro.
Ella también lo notó.
—¿Por qué?
Miré su muñeca.
—Bonito reloj.
Alejandro siguió mi mirada.
Palideció.
Camila sonrió.
—Ya te dije. Alejandro me lo regaló.
—Curioso.
Abrí mi teléfono.
Encontré la conversación de hacía un mes y se la mostré a mi esposo.
Compra el reloj blanco para tu madre. Cárgalo a mi tarjeta personal.
Debajo estaba su respuesta:
Listo. Le encantará.
Camila dejó de sonreír.
—Alejandro…
Él no contestó.
En ese momento, las pantallas del pasillo cambiaron.
10:00
Apareció el logotipo de Grupo Montalvo.
Después mi fotografía.
VALERIA MONTALVO
DIRECTORA GENERAL
Nadie se movió.
La mujer que me había aconsejado disculparme abrió la boca.
Camila miró la pantalla.
Luego a mí.
Después a Alejandro.
—¿Montalvo?
—Su esposa —dije.
El rostro de Camila perdió todo color.
Pero no la despedí.
Eso habría sido demasiado fácil.
—Recursos Humanos está en el piso sesenta y cuatro, ¿verdad?
Uno de los ejecutivos respondió:
—Sí, directora.
—Entonces quiero saber por qué empleados autorizados tienen que subir cinco pisos por escaleras mientras un elevador permanece reservado por capricho.
Camila intentó hablar.
—Yo solo seguía instrucciones.
—Perfecto. Entrégame esas instrucciones por escrito.
Silencio.
—También quiero las políticas de acceso de los últimos dos años y cualquier baja laboral solicitada desde esta oficina.
Alejandro frunció el ceño.
—Valeria, esto podemos hablarlo en privado.
—Hablaremos.
Miré nuevamente el reloj.
—También hablaremos de los gastos cargados a mi tarjeta.
Entré en mi nueva oficina.
Veinte minutos después llegó la directora de auditoría interna.
Traía una carpeta que yo no había solicitado.
—Señora Montalvo, al revisar los gastos vinculados al reloj encontramos algo extraño.
La abrió.
No había un regalo.
Había nueve.
Joyas.
Hoteles.
Vuelos.
Un departamento corporativo.
Todo autorizado desde la oficina de Alejandro.
Pero había algo todavía peor.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Una transferencia mensual aparecía desde hacía dieciocho meses.
Beneficiaria: Camila Reyes.
Concepto:
CONSULTORÍA PROYECTO ORIÓN.
—Camila no figura como consultora —dijo la auditora—. Y Proyecto Orión oficialmente no existe.
Levanté la mirada.
—Entonces ¿qué estamos pagando?
La mujer respiró profundamente.
—Eso intentamos averiguar.
Colocó otra hoja frente a mí.
La autorización original no llevaba la firma de Alejandro.

Llevaba la mía.
Perfectamente imitada.
Y estaba fechada seis meses antes de que yo supiera que regresaría a Ciudad de México.
En ese instante comprendí que el reloj podía ser prueba de una aventura.
Pero alguien llevaba mucho más tiempo utilizando mi nombre para algo que podía costarme bastante más que un matrimonio.